Establecimientos gastrónomicos más buscados
Lugares de interés más visitados
Lo sentimos, no hay resultados para tu búsqueda. ¡Prueba otra vez!
Añadir evento al calendario
Hace siglos, quizá mil años, los peregrinos comenzaron a caminar por esta parte de Galicia buscando el fin del mundo conocido tras haber llegado a Santiago desde todos los puntos de Europa. Pero los caminos ya estaban ahí desde mucho antes, trazando sendas milenarias que hunden sus orígenes en el tiempo. Los investigadores descubrieron, hace apenas una década, un antiguo campamento romano oculto entre campos de maíz. Está en O Cornado, unos kilómetros al sur de Brandomil, el lugar que es hoy nuestro punto de partida.
Brandomil es una pequeña aldea junto al río, un puñado de casas que miran desde lo alto al puente medieval que atraviesa el río a sus pies. Una mirada más pausada, sin embargo, revela que aquí hay algo más. En el muro del atrio de la iglesia hay, incrustado, un gran capitel romano. Más allá, a la salida del pueblo, dos excavaciones han descubierto restos de casas. De hecho, para muchos historiadores Brandomil es la antigua villa romana de Glandimirum, construida cerca de las minas de oro de las que hablan las crónicas.
Abajo, el impresionante puente es el kilómetro cero de nuestra ruta. En su punto más alto, a varios metros sobre el agua, es fácil ver que el Xallas no es un río grande, pero que su tamaño es suficiente como para crear pequeños saltos, remansos y bosques a su orilla, en los que apetece perderse, sentarse en una piedra junto al camino y dejar que el murmullo del agua lo llene todo a su paso. Aquí comienza la calzada romana -2.000 años viendo pasar a caminantes-, que se excavó hace pocos años y que iba hacia la puesta de sol. Y, antes de empezar a caminar, quizá valga la pena detenerse y aprovechar la tentadora playa fluvial, casi bajo el puente antiguo, para refrescarse. El agua pasa mansa, transparente. No hay apenas corriente y es fácil ver a las truchas rebuscando entre las piedras del fondo mientras te sumerges en la corriente helada, como hicieron antes que tú legionarios, viajeros, arrieros y peregrinos de todos los rincones del mundo conocido. Más allá, se suceden los bosques, los prados y los caminos que, poco a poco, se pierden en el horizonte.
Hacia el oeste se llega a Ponte Olveira, donde el sendero que recorremos se une a ese Camino de Santiago que continúa hasta el mar. Los pueblos, aquí, mantienen un aire antiguo, con casas de piedra y callejas sinuosas, y el paisaje está cargado de leyendas. Casi cada roca que destaca en el horizonte, cada pico y cada curva del río tiene su personaje mitológico. Desde este lugar, algunos caminantes continuaban río abajo por una zona donde el valle se estrecha y los personajes míticos de las aguas -lamias y xacias-, tentaban a los viajeros. Más arriba, la Pedra Cabalgada lleva miles de años aguantando el equilibrio: 150 toneladas de granito sujetas por un único punto, que parecen estar a punto de caer para rodar por la ladera hasta el fondo del valle, pero ahí sigue. Las leyendas cuentan que a su alrededor se sentaban los gigantes, usándola como mesa, mientras miraban al monte Pindo, que rompe el horizonte con su mole, en cuya cumbre, casi siempre rodeada de nubes, vivían los dioses antiguos.
Aquí podemos continuar la ruta o hacer un desvío más, apenas 800 metros, para bajar a Logoso, una aldea con poco más de cinco o seis casas apretujadas en la ladera. Porque aquí sorprende encontrarse con A Horta do Mar, un pequeño restaurante en cuya terraza, a la sombra, podemos volver a la realidad por un momento y reponer fuerzas, antes de proseguir la ruta.
El camino continúa hacia el noroeste, hacia Fisterra, el antiguo fin de la tierra, ese lugar en el que los romanos sintieron terror al ver al sol hundirse tras las aguas al atardecer en un océano cuajado de monstruos y de peligros tras el que, pensaban, no había nada. Los bosques se suceden, dando sombra buena parte del recorrido, y abriéndose aquí y allá para dejar ver una aldea más, unas vacas que pastan, tranquilas, en el silencio que sólo se rompe con el sonido de nuestros pasos, y más montes, más picos, más leyendas…
Tras una curva nos espera una última sorpresa. Pero vamos a dejar que sea otro quien nos lo cuente. En el año 1491, el obispo Martiros, de Armenia, llegó peregrinando hasta Santiago de Compostela. Desde allí continuó caminando hasta la costa y, al pasar por este punto, escribió algo en su diario: “Llegué a la extremidad del mundo (...). Padecí muchas fatigas en este viaje, en el cual me encontré con gran cantidad de bestias bravas muy peligrosas. Y me encontré con el Vákner, animal salvaje, grande y muy dañino ¿Cómo -me decían- pudiste salvarte, cuando grupos de veinte personas no pueden pasar? (...) Me trataron con la mayor consideración, admirándose de que hubiera escapado del Vákner”.
¿Qué o quién era el Vákner? No podemos saberlo. Para algunos, un hombre lobo legendario; para otros, alguna víctima de una maldición. Puede que algo parecido a un orco, a un demonio cazador de viajeros solitarios, quizás un alma en pena, un oso o un tipo de lobo gigante. En estos caminos, la tradición y la leyenda tienden a entremezclarse. En cualquier caso, allí, en un recodo, una escultura enorme recuerda a este personaje mitológico. Sus casi cinco metros de bronce impresionan a pleno sol, así que es fácil imaginar el efecto en quien pase por aquí en pleno invierno y adivine su cabeza, con las fauces abiertas, asomando entre los jirones de niebla. Es ficción, lo sabemos, fruto de la imaginación de viajeros exhaustos. Un cruceiro, sin embargo, protege el camino a tan sólo unos metros.
El camino comienza a bajar desde aquí hacia la costa. Hacia el sur, la gran cascada por la que el Xallas se zambulle en el Atlántico; al norte, el cabo de Fisterra internándose en el océano. En la orilla, los bares del paseo marítimo de Ézaro, como O Forcado (Solete Repsol); tabernas como O Ribeiro (Solete Repsol); y restaurantes como O Carrumeiro o Cuatro Perras (recomendado Repsol), ya en Corcubión, nos devuelven al siglo XXI. Y en el camino, todavía algunas pozas en el río, por si el calor aprieta; grabados prehistóricos en las rocas; y capillas que aparecen aquí y allá, desperdigadas entre los prados.
Pero eso es ya parte de otra ruta. Aquí, en el corazón de la Galicia verde, quedan aún docenas de senderos que recorrer, caminos que se internan en las leyendas y que son un refugio fresco y sombrío para los meses de verano. Aquí, en el curso central del Xallas, las sendas son suaves, el ritmo tranquilo; no hay demasiados caminantes que rompan la paz del paisaje. Y la única decisión que tienes que tomar es si parar en una terraza al borde de la vía, darte un chapuzón en este río mágico o caminar un poco más, hasta otro lugar que te sorprenda con su paisaje y te demuestre que estos caminos discretos, alejados de la masificación, son siempre una gran opción para conocer Galicia paso a paso.
En general... ¿cómo valorarías la web de Guía Repsol?
Dinos qué opinas para poder mejorar tu experiencia
¡Gracias por tu ayuda!
La tendremos en cuenta para hacer de Guía Repsol un lugar por el que querrás brindar. ¡Chin, chin!