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No sabrás con cuál quedarte, porque cada una tiene su encanto. Los autóctonos nombran sus playas con familiar confianza. Será porque les abrazan como cariñosas hermanas por la mayor parte de su perímetro. Acostumbrados a vivir mirándolas, enseguida notan cuándo se van a poner de mal humor o hasta cuándo durará el suave ronroneo de las olas. Según de donde venga el viento, trasladan rápido la sombrilla a la que ofrezca más protección. Nos dejamos guiar por Azahara Fresneda, oriunda de la Isleta, en este recorrido por sus playas.
Así es como se conoce popularmente a la pequeña bahía que limita con el famoso peñón de la Isleta y con el restaurante La Ola por el otro extremo. Un Solete en el que probar los pescados -gallopedro, escopeta o galanes- que provienen de la pesca tradicional de la zona. Las casas blancas que flanquean esta playa crean una imagen de postal. Desearías quedarte a vivir allí, con la abuela de Azahara, que es una de las privilegiadas a las que el Mediterráneo mira de frente.
En el fondo marino que rodea el peñón hay una gran diversidad, que los distintos centros de buceo muestran a quienes se adentran justo por la zona donde la roca adquiere forma de tarta. Cuando la marea está baja, se puede llegar hasta el peñón por el istmo que conecta con la isleta para pasear por la rocosa formación.
Aguas cristalinas y azules hipnóticos de los que es difícil apartar la vista. Bajo el turquesa del mar, la fauna y flora es digna de contemplarse. Entre la población local se conoce como “la de los Socorristas”, porque es la única que tiene vigilantes en verano. Dicen los autóctonos que, antes, el peñón era más blanco y más grande, pero la erosión ha ido desgastando su perfil. Este arenal, de 400 metros de largo y arena fina, es el más famoso del pueblo. Cuenta con una pequeña explanada para dejar el coche antes de llegar, por lo que es una playa muy cómoda. Y el baño es una delicia cuando el sol fustiga.
Es una playa mini, que toma su nombre de dos hermanas que tenían la casa justo allí y a las que se conocía en el pueblo como “las duquesitas”. Se sitúa en el reverso del peñón. Aquí se refugian los locales cuando hay viento de Poniente, porque dicen que la marea y el viento cambian de sentido al otro lado por efecto del peñón. A la derecha, las barcas de los pescadores esperan para la faena, y un bar con terraza techada de cañas se asoma al mar. Nada más relajante que contemplar el ocaso y disfrutar del dolce far niente desde aquí.
Cuando las mareas no se habían comido tanto la arena de esta diminuta y escondida playita, se cuenta que varaban los barcos; de ahí su denominación. Aquí sólo viene la población autóctona para escapar de los turistas en plenos meses veraniegos, cuando el pueblo ve alteradas sus rutinas y la soledad de la que disfrutan el resto del año se echa de menos. También es un punto frecuentado por las escuelas de buceo para comenzar la inmersión, porque entran más directamente que desde la Playilla.
El sendero que parte desde lo alto del pueblo, donde se sitúa el restaurante El Hogar del Pensionista, otro Solete con una visión panorámica de la bahía, conduce a las calas que se suceden camino de Los Escullos. Lo más aconsejable es tomar el camino que parte del parque infantil hasta detenerse en la cala elegida. Se recomienda llevar cangrejeras o escarpines, porque abundan las piedras. Es una zona frecuentada por nudistas y por el público local que desea privacidad.
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