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Después de un invierno lluvioso, los campos de La Mancha brillan atrevidos y desmelenados con un manto de diferentes tonalidades. Las condiciones son ideales para un plan perfecto: el que ofrece Vinos La Encomienda para empaparse de la idiosincrasia de Valdepeñas, tierra de vinos, mientras uno reconecta consigo mismo.
José, quien se define a sí mismo como contador de historias, ama la tierra y el viñedo casi tanto como los detalles que acontecieron en estos paisajes hace siglos, cuando nacía aquí el cuidado y el cultivo de la uva hace 2.500 años. El proyecto, como él mismo repite en varias ocasiones “nace con un propósito muy claro: divulgar la maravillosa pero también desconocida historia que tenemos en esta tierra a través de un producto de uso cotidiano como es el vino”.
Coincidimos en que para comprender verdaderamente la esencia de los vinos que embotellan, es fundamental vivir la experiencia completa que proponen a sus visitantes, y que entrelaza arqueología, con una visita al Parque Arqueológico del Cerro de las Cabezas; naturaleza, visitando su viñedo más especial; y enología, con una cata en el campo que huele a romero, lavanda… pero, sobre todo, a historias. Te lo contamos paso a paso.
José y su mujer, María del Carmen Abellán, son los encargados en esta tarde de viernes de recogernos para iniciar la experiencia, siempre personalizadas, que hoy comienza introduciendo al visitante en las raíces culturales de la región a través del Parque Arqueológico del Cerro de las Cabezas. Se trata de una impresionante ciudad íbera de la tribu de los oretanos con 2.500 años de antigüedad. Es un lugar único a nivel arqueológico porque “la ciudad fue incendiada y abandonada durante las guerras púnicas y nunca volvió a ser ocupada, lo que la convierte en un libro abierto e intacto de esa época para un arqueólogo o un historiador”, cuenta José que tiene una memoria prodigiosa para un sinfín de datos de ese momento histórico.
Aunque ahora los restos de la ciudad están en obras, el centro de interpretación es idóneo para saber y comprender qué pasó aquí hace tantos años. El edificio “tiene una forma muy peculiar. Es un polígono de siete lados, un heptágono, y es simbólico”, asegura la arqueóloga del centro, Gema Candelas, refiriéndose a cómo el centro emula la forma de un edificio que hay en la parte más alta de la ciudad íbera.
Aquí, a través de réplicas a escala real de casas con paredes de adobe y techos de caña, y de bastiones con graneros, el visitante viaja en el tiempo y se adentra en esta “Pompeya íbera” del siglo VI a. C. de una forma impresionante. José hace de esta parada una visita muy completa con sus explicaciones -es realmente un experto en la materia- y para él, estar aquí, es crucial porque sus vinos y su filosofía tienen importantes reminiscencias íbero-oretanas.
“Este terreno lo compramos en 2011, cuando estaba desahuciado y abandonado por la especulación inmobiliaria”, explica José cuando nos trasladamos a su viñedo más singular. Ellos cultivaban unas 140 hectáreas de uvas, sin embargo, esta cantidad ha ido disminuyendo. Buena parte de esa producción se la vende a grandes y pequeñas bodegas de Valdepeñas, pero este lugar en el que nos encontramos es muy distinto. Los hermanos invirtieron tres años en recuperarlo y se enamoraron de él al ver sus condiciones excepcionales. De aquí sale la uva para hacer los Vinos la Encomienda.
Y aquí empieza José a relacionar lo que hemos visto anteriormente con sus vinos. Este viñedo comparte características geológicas exactas con el parque arqueológico: se encuentra a poco más de 800 metros de altitud sobre un suelo volcánico compuesto de cuarcita armoricana, basalto y cuarzo puro, “lo que dota a nuestros vinos de una mineralidad inconfundible”, asegura orgulloso mostrando el viñedo, que está radiante con sus verdes primaverales y sus frutos incipientes. Desde esta altura, el visitante percibe el dominio visual que tenían los antiguos íberos desde su ciudad amurallada. Soñar con el pasado en este paisaje es un regalo.
Olores y colores seducen en este viñedo flanqueado por 400 hectáreas de sotobosque mediterráneo virgen. Gregorio se ha unido al grupo en este punto, en el campo, y ambos hermanos cuentan que ellos practican una viticultura súper respetuosa, sin productos químicos ni herbicidas, permitiendo que los vientos impregnen naturalmente los racimos con los aromas del tomillo, el romero, la lavanda, la orquídea ibérica, la jara y el jaguarzo que crecen alrededor. “Aquí se persigue la máxima calidad: una cepa equivale a una sola botella de vino y se hace la selección manual racimo a racimo directamente en el campo”, afirman los dos hermanos dándose el turno de palabra cada uno dentro de su especialidad. José, como buen narrador del pasado; Gregorio, adentrándose en las especificaciones de los vinos.
El cierre perfecto de la experiencia es una cata en el propio viñedo, alejados de las naves de barricas o depósitos de acero. La sensación que aporta la naturaleza, contemplando la puesta de sol, alrededor de una mesa y bancos de madera hechos con las traviesas de la vía del tren, se convierte en un escenario único para anclarse a ese momento. “Ofrecemos una propuesta distinta. Estar en contacto con la naturaleza y con nosotros mismos, algo que estamos perdiendo como seres humanos”, sonríe Gregorio, muy consciente de que esto ahora mismo está muy demandado. Se completa todo con queso y lomo que ensalzan el sabor y las historias de cada vino.
Sentados o de pie alrededor de la mesa, la libertad es absoluta, degustamos los vinos que van cobrando vida con los relatos de los hermanos gemelos. La contraetiqueta de cada botella lleva una píldora histórica, redactada por José, que cuenta brevemente algún detalle del personaje que da nombre al vino. Para los vinicultores es la forma ideal de despertar la curiosidad por la historia al mismo tiempo que se rescata la tradición de tomar un buen vino. Los nombres -Oretano, Orisson, Himilce, Cepas del Medio Hombre-, resuenan junto a las historias que relatan los dueños entre risas: “algunas parecen una auténtica telenovela”.
Uno querría que la tarde no llegara a su fin. Hemos viajado al pasado, nos hemos reconectado con el presente y hemos probado unos buenos vinos. Todo en la mejor compañía: la de unos cercanos expertos.
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