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Hace un cuarto de siglo, la familia Liñares abría un pequeño alojamiento en la zona norte del casco histórico de Santiago de Compostela. Por entonces, el número de peregrinos y de viajeros que llegaba a la ciudad era mucho menor que el actual y esta parte de la ciudad era una zona tranquila, de pequeñas tiendas, vecinos de toda la vida y un ritmo pausado que el hotel invitaba a disfrutar.
Ese es el origen del Hotel Costa Vella, situado en una de las antiguas puertas de la ciudad, justo sobre la vieja muralla. Y ese es el principio de la historia de uno de los rincones más codiciados de Compostela en las últimas dos décadas. El boca a boca hizo su función y, con el tiempo, ese jardín antes privado, de árboles antiguos y bancos a la sombra de las parras, se convirtió en uno de los favoritos del público local con su sencilla carta de cafetería.
Durante los veranos, sus rincones se convirtieron en un refugio del calor y de una masificación que poco a poco se iba extendiendo; en invierno, su galería acristalada permitía disfrutar del jardín desde la calidez del interior. Con el paso de los años, sin embargo, el local se fue haciendo más popular, lo que llevó a que cada vez costara más conseguir una de sus mesas y a que el ir y venir de gente llegase a afectar a la estancia de los alojados. Fue entonces cuando, coincidiendo con el 25 aniversario del espacio, sus propietarios decidieron cerrarlo a quien no hiciera noche en el hotel.
Fueron meses extraños para los que nos habíamos acostumbrado a hacer de este rincón nuestro lugar de encuentros y de reuniones. Hay otros locales con jardín en la ciudad, muchos de ellos con un encanto innegable, pero ninguno llegó a tener el aura de rincón casi mágico del Costa Vella. Entonces llegó Lucía Freitas. La cocinera, que ostenta Tres Soles en su restaurante A Tafona y que dirige también Lume (Restaurante Repsol), ambos en el entorno de la ciudad vieja y a pocos minutos caminando de este hotel, y ahí empezó una nueva historia. Hace ahora un año que la gerencia del Costa Vella y Freitas llegaron a un acuerdo. Han sido meses de trabajo para ir puliendo la propuesta y llegar a este verano en plena forma, con una carta versátil que se adapta a cualquier momento del día y a todos los tipos de clientes.
Lucía bulle de aquí para allá, reparte las primeras horas de la mañana entre sus tres negocios, supervisa, prueba, va y viene. Las masas llegan del obrador central de la cocinera, el mismo que nutre a sus restaurantes; los dulces sin gluten los trae Clorofila, un pequeño proyecto artesano de Betanzos. Las tartas comienzan a ocupar el espacio sobre la barra, todo está listo para los sándwiches, se recogen algunas aromáticas, se ultiman detalles. Y el jardín abre, una vez más, sus puertas.
Todavía no es media mañana, lo que permite sentarse al sol. Un desayuno, aquí, es a esta hora un pequeño lujo, lejos del ruido, del bullicio y, al mismo tiempo, tan cerca de todo. Una tostada de pan artesano, un café ecológico para acompañar, quizás algo de queso gallego. Y esa calma que lo envuelve todo aquí a esta hora. Hacia el mediodía el ritmo cambia. La tranquilidad sigue mandando, pero ahora es el momento de los aperitivos, quizá de algún cóctel, y el jardín se va animando. La Vie en Rose es la versión líquida del postre clásico de Lucía, ese que no puede quitar de la carta de A Tafona. Es aromático, floral, ligero, complejo. De alguna manera es como beberse este jardín de verano.
La ensaladilla es un éxito. Uno de esos bocados que, cuando el calor del mediodía empieza a apretar, se agradecen especialmente. Los pájaros saltan de rama en rama, las uvas comienzan a madurar en la parra; la brisa de verano corre entre los árboles. Quizás sea el momento de una copa de vino y de pedirse algo más. La carta de vinos reivindica, en palabras de la cocinera “la identidad atlántica a través de una selección de pequeños productores, selecciones honestas y partidas limitadas”. Es un viaje por Galicia de trago en trago, del valle del río Ulla a la Ría de Arousa, del corazón del Ribeiro histórico a la Ribeira Sacra.
Para comer, quizás un sándwich sea una buena opción. El de huevo que Freitas descubrió en Japón y que ahora ya no puede faltar en su propuesta, por ejemplo. O el Don Pepe, en homenaje al padre de los Liñares, los fundadores del hotel: pan gallego horneado en molde, mogote ibérico cocinado a baja temperatura, queso del país, col lombarda encurtida y salsa casera de hierbas.
También se hacen un hueco en la carta bocados de temporada como la brocheta de bonito con cerezas y pimientos de Padrón encurtidos. Pero conviene no olvidar que aquí los dulces son una parte importante de la propuesta y dejar un hueco para ellos. Ahí está la tarta Black Coupage 1906, una reinterpretación de la clásica tarta de cerveza negra a la que Freitas le añade una namelaka de chocolate blanco, achicoria y cinco especias, o la tartaleta de pistacho y fresa, para poner complicada la elección.
La tarde va pasando y, tras un paseo por el centro, unas horas dedicadas a los museos de la ciudad, a compras o a eso tan compostelano de vagar sin rumbo buscando la sombra y el ambiente local, vale la pena volver al jardín. A refrescarse un poco, a desconectar, y quizás a terminar la jornada con una ensalada de temporada de la huerta de la cocinera y una de las muchas bebidas naturales sin alcohol -o con muy poco- que está preparando esta temporada: kombucha de hibisco y frutos rojos, de rooibos y saúco, kefir de agua con lichis y flores, limonada casera aromatizada con hierbaluisa…
Luego solamente queda, ya, buscar un rincón tranquilo, quizás en la mesa de piedra, al fondo, para dejar pasar el atardecer al fresco de la sombra del muro. El sol cae, en el oeste, por detrás de los manzanos del fondo, la temperatura es ahora un poco más suave y este jardín de las delicias se llena de una luz mágica.
Es el momento de pedirse un último trago, quizás un espumoso gallego, o tal vez, si el calor se empeña en quedarse, un frozen margarita con granizado de cítricos y dejar que el tiempo pase. Porque el jardín también es esto, dejar las prisas en la puerta, buscar un rincón en el que estar y permitir que el verde nos acompañe en un recorrido por una cocina sin más pretensiones que adaptarse al lugar y a la temporada haciendo disfrutar a cada uno de los clientes que se adentran en este jardín único.
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