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Aguas arriba queda el Pas de l’Ase y, abajo, el de Barrufemes. Luego ya casi se puede oler el delta. Navegar el Ebro por estos escollos montañosos es una de las grandes delicias paisajísticas que ofrece este gran río, aunque supone un esfuerzo considerable. Entre medias, Miravet aparece como una bisagra que permite fraccionar la ruta. Brinda incluso la oportunidad de hacer una excursión muy sencilla y familiar de apenas 5 km y 1 h de recorrido entre Benissanet y Miravet que, si bien no se adentra por los pasos montañosos, los mira de cerca, se cuela por islas fluviales y visita uno de los últimos pasos de barca.
Eloi parece tener un radar para avistar aves. Acaba de ver unos milanos sobre la copa de un árbol que no estaba seguro fuese a seguir allí después de las crecidas de la primavera. “Ahora el caudal está muy controlado por los embalses, pero la ribera sigue viva”, cuenta en relación con árboles y troncos que aparecen y desaparecen con los cambios de nivel. Alba y él llevan quince años a los mandos de Enblau, una empresa de ecoturismo de Terres de l’Ebre, centrada en rutas en kayak y de senderismo.
La ruta entre Benissanet y Miravet es breve, pero muy reveladora de cómo se comporta el Ebro. Desembarcamos en un galatxo, o sea, un brazo secundario del río que forma una isla fluvial. Estas ínsulas se forman con los sedimentos que arrastra la corriente y que la vegetación termina por fijar hasta convertirlas en refugios de gran biodiversidad. En el galatxo el agua parece un bálsamo y la corriente apenas se siente, pero cuando salimos al curso principal, las sensaciones cambian y enseguida se siente la fuerza del río.
Desde el cauce principal se hacen más visibles las “cicatrices” de las crecidas. La ruta entre Benissanet y Miravet consiste básicamente en recorrer tres meandros. En el primer giro a la izquierda, de frente, se advierte un talud natural de color ocre al que la corriente le da bocados. Un poco más allá, nos colamos por otro galatxo, este más expuesto, donde aparece una especie de pradera subacuática de macrófitos; a la izquierda, a juzgar por las algas que se ven sobre los restos de un árbol caído, se advierte que el nivel del agua debía ser casi un par de metros superior hace algunos meses.
Hoy sopla un poco de viento y nos lo encontramos cerrado, pero uno de los puntos que más gustan de esta ruta es el paso de barca de Miravet. A falta de un puente, aquí los coches se embarcan en un transbordador que flota sobre dos llaguts originales guiados por unos cables de acero. Se le suele llamar el último vestigio de la navegación tradicional, ya que combina el uso de embarcaciones históricas con un sistema parecido al de la sirga, o sea, el que utilizaba cuerdas y animales para remolcar embarcaciones contracorriente.
El paso de barca aparece casi a la vez que asoma por el horizonte el castillo de Miravet, una fortaleza que no se entiende sólo como defensa de un pueblo, sino como control de un paso fluvial estratégico. Es de origen andalusí, pero alcanzó su forma más poderosa tras la conquista cristiana de 1153, siendo uno de los grandes ejemplos de arquitectura militar templaria de Europa. Luego, a la derecha, poco a poco se van desvelando las fachadas del pueblo, algunas de las cuales bien merecen el apelativo de “casas colgantes”.
El Ebro choca contra esta localidad y se ve obligado a cambiar de dirección. Es uno de los tramos más estrechos de esta parte final, de unos 40 metros, en el que la corriente empuja con fuerza. Esto explica que luego, paseando por las calles de Miravet, encontremos marcas de crecidas a alturas disparatadas, que indican que las viviendas situadas en las partes más bajas llegaron a quedar completamente inundadas en crecidas como la histórica de 1787. En la ribera opuesta, el Tamarigar de Miravet es otra isla de unas 21 hectáreas cubierta por un bosque de tamarices que, como los vecinos del pueblo, son especialistas en sobrevivir a las inundaciones.
Apetece lanzarse al agua después de la ruta, pero Alba y Eloi no recomiendan bañarse junto al embarcadero de Miravet, aunque hay quien lo hace. El paseo ha sido apacible, pero la corriente puede arrastrarte casi sin darte cuenta; aconsejan hacerlo en zonas más adecuadas cerca de Mora, donde el río es mucho más ancho, alcanzando casi medio kilómetro en la Illa del Galatxo. “A mí me encanta el otoño por los colores del bosque de ribera y porque se levantan unas nieblas muy chulas”, cuenta Eloi en referencia a que ellos navegan el Ebro durante todo el año, invierno incluido; “te abrigas un poco y lo disfrutas igual o más”.
Ya con los pies en la tierra, camino hacia el barrio de los alfareros, paramos en el Molí de Xim, un antiguo molino del siglo XIX que hasta hace unos años era un icono de la cocina tradicional de la zona, y que ahora ha tomado un rumbo algo más fresco. David Moseguí, el chef de Sibarites (Gandesa), se encarga de diseñar unos menús con producto de la tierra y de temporada, que luego ejecuta Daniel Guansea. Dicen que hay más de 300 variedades de cerezas en Miravet. También unos cuantos patos. Por eso Daniela sugiere probar un confitado marcado a la brasa con una demiglace de carne con mermelada de cereza, cerezas y manzana confitada. Pero como el delta tampoco queda lejos, también hay margen para un carpaccio de gambas o un suquet de raya.
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