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Es dudoso que exista alguien en este país que no haya visto el retrato que Goya pintó de Carlos IV, su esposa, Mª Luisa de Parma, y sus hijos. En “La familia de Carlos IV”, el realismo del genio aragonés muestra al monarca atolondrado que para su pueblo fue el hijo de Carlos III, y a su debatida y peculiar esposa. Por eso, la Casa del Labrador, la obra de sofisticación y elegancia que fue levantada bajo la mirada del rey, además de deslumbrar por ser todo lo contrario a una casa de labradores, descubre aspectos de una pareja real que no disfruta de halagos en la historia de España.
Y es que Carlos IV fue el monarca relojero; el amante de las sedas, de los mármoles y las porcelanas; el cazador; el cocinero… Pero también tenía una fama bien ganada de pésimo rey para su pueblo: débil, sumiso ante Napoleón y su valido Godoy, hasta el punto de entregar el trono a su hijo Fernando VII, el Rey Felón, inclinándose ante el emperador francés.
En nuestra visita, los calores del verano se rebajan gracias a los jardines de Aranjuez y la humedad del río Tajo, que baja a rebosar. Los parterres que rodean la fachada principal de la Casa del Labrador (clavelinas y salvias en rosados, morados y naranjas) ocupan el lugar de los puentes por los que hace un par de siglos se cruzaba el río más largo de España para entrar en esta belleza, este capricho de Carlos IV y María Luisa de Parma que Patrimonio del Estado ha recuperado. Abrió el otoño pasado, después de cuatro años de restauración.
Pintura de Carlos IV y Godoy de caza.
Relieves de Carlos IV y Mª Luisa de Parma.
A Rosa Fernández, guía del lugar, le gana la belleza de este sitio, muy por encima de las consideraciones sobre el monarca que lo llevó a cabo. Se nota en el detalle y el primor con los que relata sus exquisiteces: una joya no excesivamente conocida, que está levantada en una isleta del río Tajo. De ahí que la humedad y las inundaciones hayan terminado dañando los cimientos durante más de dos siglos (y la borrasca Filomena lo remató), obligando a tan larga restauración.
Mosaico romano traído desde el teatro de Mérida y pinturas de las saletas.
“La Casa del Labrador -relata Rosa- se levantó en dos fases. La primera con el encargo del monarca al gran arquitecto real, Juan de Villanueva, en 1794”. Y lo terminó Isidro González Velázquez, discípulo de Villanueva, a principios del XIX (1803-1804). Pero bastante antes de finalizarlo Carlos IV ya lo habitaba. Lo inauguró “pasando el Tajo en barca hasta estas puertas, y lo disfrutó desde 1798 hasta 1808”, el año de la Guerra de la Independencia, apunta Rosa. Poco antes, el monarca Borbón y su primer ministro, Godoy, habían dejado a Napoleón entrar por los Pirineos para que invadiera Portugal. Pensaban que el francés se iba a repartir las tierras lusas con ellos.
Tras enseñarnos por dónde pasaba el Tajo a las puertas del palacio, Rosa nos conduce hasta el Patio de Honor, rodeado de estatuas de ese neoclasicismo del XVIII y el XIX que enganchó a los Borbones Carlos IV y Fernando VII. La fachada: vestida de color albero (o similar), “tras quitar los ladrillos que la recubrían desde la época de Isabel II”, apunta la guía. Merece la pena pararse en el busto de La Envidia, la figura que da agua a la fuente. Es como si el monarca hubiera querido decir “se os va a poner esta cara cuando veáis lo que hay ahí dentro”.
Salas del piso de abajo restauradas.
Detalle de un capitel con hojas de acanto.
Nada más entrar, sorprende lo pequeño del recibidor y demás habitaciones, junto a la peculiar escalera, en la que destaca la barandilla de hierro forjado y bronce dorado. Arriba, la lámpara de la Granja, con las flechas cruzadas, símbolo de María Luisa de Parma. En ese rellano, antes de cruzar el umbral, en un friso encima de la puerta, los perfiles de Carlos IV y María Luisa, similares al retrato de Goya. (Dato: la reina de Parma tuvo 24 embarazos, 14 llegaron a término, 10 terminaron en abortos espontáneos y, al final, sobrevivieron 7 hijos, entre ellos el Felón).
Como a su padre, Carlos III, a este monarca, que nació en Nápoles, le gustaban los jardines de corte italiano, las fuentes, las luminarias de fuegos artificiales… Y recibía a los cortesanos tras las cacerías guisando él mismo parte de los ciervos o jabalíes que hubieran cazado. “Hay un viajero de ese tiempo que cuenta cómo al rey le gustaba cocinar tortillas, criadillas, costillas”. Vamos, que quizás en un “Master Chef” de monarcas hubiera jugado un papel digno.
El neoclasicismo y el Estilo Imperio surgido en el XVIII envuelven todo el lugar. Desde estas pequeñas salas de la primera planta se aprecia el gran trabajo de restauración de pinturas y sedas. La luz, la humedad y las inundaciones del Tajo (hubo dos importantes a principios del siglo XX marcadas en el patio de entrada), minaron los cimientos y abrieron grietas. Mira al suelo; aunque desdibujados la mayoría, salvo en algún rincón pegado a la pared, empezarás a ver los mosaicos de porcelana del Retiro con que se cubrieron para los pies de sus majestades. Y los muebles estilo Carlos IV, copia del Estilo Imperio, con los dorados, los respaldos de peineta… Y, en las paredes, la seda. Maravillosa.
Entre tanta belleza, si hay que elegir un hilo conductor de la visita mientras escuchas a los guías, hazlo tomando esas sedas como referencia. Al menos, a nosotros nos deslumbraron. De hecho, la Casa del Labrador es fascinante para quien ame el arte del bordado, desde el diseño inicial del dibujo, con una acuarela, a los tintes y la calidad de los hilos de seda, el tejido, el tipo de puntada.
La Albufera, detalle de las sedas del salón de Billar.
La Casa del Labrador en una de las sedas.
Estas telas de seda, que se han desmontado y vuelto a montar en bastidores durante la restauración, tienen además la característica de que se hicieron entre talleres de Lyon (la mayoría), de Madrid y Valencia. Las tres ciudades colaboraron en la obra. Lo que se observa hoy en las paredes de la Casa del Labrador son casi todo originales, pese a lo difícil que es la conservación de las telas. El trabajo principal se debe a la dirección del gran bordador real Juan López Robredo y existe un retrato suyo, realizado por Goya, con una tela en la mano. Además, cuenta la leyenda –“sin confirmar”, puntualiza Rosa- que a María Luisa de Parma le gustaba bordar.
Durante la visita -dura unos 50 minutos, dependiendo del guía, y conviene reservar por internet con tiempo-, hay que tener cuidado con el cuello (broma): entre agachar la cabeza para no perder detalle de la riqueza de los mármoles del suelo (espectaculares, traídos de Granada, Córdoba y Almería) e imaginar el trabajo sobre ellos con martillo y cincel; o levantarla para mirar las pinturas de los techos, tu cogote puede sufrir. En techos y bóvedas destacan, además del valenciano Maella, Zacarías González Velázquez, su cuñado. Pero Maella gana en aprecio. A él pertenecen los techos más notables y es el mejor para muchos expertos.
Bordados en relieve de las paredes.
Por eso, mejor compensar con el ejercicio de observar las citadas salas o los ostentosos muebles de Estilo Imperio, y recordar que fue el arquitecto y decorador francés Jean-Démosthène Dugourc (trabajó para Luis XVI y Luis XVIII de Francia y para Carlos IV) quien marcó las líneas generales del edificio en muebles, telas, etc. Eran tiempos afrancesados.
Con estas pinceladas, lo que no debes perderte en este lugar, aunque tengas la cabeza saturada de belleza es:
1. EL RELOJ DE TRAJANO (o de la columna de Trajano). Una pieza por la que el Rey Relojero pagó “un millón de reales, que se gastó de su bolsillo. Fue construida en París en 1804 por el maestro J.S. Bourdieu”, cuenta Rosa, al tiempo que explica con gran mimo el funcionamiento de la máquina. Aunque ahora no funciona, porque no ha entrado en los proyectos de restauración recientes, baste decir que aquel millón de reales equivale hoy a unos 10 millones de euros, lo empleado en los últimos cuatro años en la restauración de este palacio. En el suelo de esta sala, también podrás admirar los mosaicos traídos ex profeso del teatro romano de Mérida para deleitar a su majestad Carlos IV (el expolio entre territorios dentro de la península es una historia muy antigua).
2. LA SALA DE BILLAR. Se van los ojos detrás de la enorme y ostentosa mesa de billar: encima tiene los elementos de bolas y pequeños bolos para un juego que se llama “del chapeau”. Los tacos de ébano llevan las iniciales de Carlos y María Luisa (letras, por cierto, bordadas en muchas de las sedas del palacio). Pero, no te despistes, aquí lo mejor (para nosotros) son las paredes de seda de Lyon con vistas de Madrid y los Reales Sitios, pero también de la Albufera, “al estilo de las logias Raffaello del Vaticano”, recuerda Rosa. Y todo diseño del famoso Dugorc. Y el techo es de Maella.
3. EL ‘DESSERT’ DEL SALÓN PRINCIPAL O DE BAILE. Es inevitable que en este gran salón (son varias salas unidas en tiempos de Alfonso XIII) te quedes perplejo ante la enorme mesa: dessert. Pero no te pierdas la bóveda de Maella sobre el poder de la Monarquía en el mundo. En el centro, una de las primeras representaciones de la actual bandera de España. De nuevo, lo mejor son las sedas de esta gran estancia. De Lyon, con el diseño del citado Dugourc, con fondo amarillo y detalles de las ruinas recién descubiertas de Herculano y Pompeya; bailarinas, sátiros, Júpiter, Juno... Las grandes arañas de bronce son del tiempo de Fernando VII.
4. LA SALA DE CORINA. Puntualicemos que esta sala está dedicada a Corina de Tanagra, una poeta griega, prestigiosa pese a su escasa obra conocida, que compitió con el mismísimo Píndaro. Frente a otros de los relojes más complicados que hay en Aranjuez, su reloj es de lo más elegante. Pieza del siglo XIX, realizada en Francia, la poetisa está esculpida en bronce negro y es precioso.
5. EL SALÓN PLATINO. Es la joya del lugar. Hay visitas que únicamente se desplazan aquí sólo para admirarlo. La guía te contará que es una pieza única en España, del inicio del Imperio de Napoleón, que existe un hermoso boceto previo de esta boiserie para María Luisa de Parma en la Casa del Labrador y que “durante la Guerra Civil fue desmontado y llevado hasta Figueres, como otras obras de arte”. Es un salón pequeño -doce metros cuadrados-, pero tiene 14.000 aplicaciones de platino y bronce. Las maderas son caoba y limoncillo. Y cuenta una con increíble puerta con Marte y Minerva, donde se mencionan “Estramadura” (con a y s) y “Andaloucía”. No hay que perderse el retrete, aunque no se puede entrar, un espejo colocado a la derecha lo refleja perfectamente: un trono (literal, como veréis), que ya contaba con cañería de plomo, cadena y depósito de aguas.
6. LA SALA DEL CRISTO. No precisamente por el elegante crucifijo de marfil, sino por la bóveda de mujeres. Interesante desde el punto de vista artístico y femenino. Obra del citado Luigi Japelli, aunque no se han realizado grandes estudios sobre ella, la curiosidad es que los quehaceres intelectuales están representados con féminas, una clara exaltación de este sexo en tiempos de la Ilustración. Hay mujeres tocando instrumentos, pintoras, lectoras, escritoras… Algunos estudios -muy pocos- indican que esa bóveda de Japelli usa “argumentos similares a los que Feijoo utilizó en su “Discurso de las mujeres”.
Pintura femenina en la bóveda de Capelli.
7. EL ESCRITORIO DE MALAQUITA DE ISABEL II. Cuando ya estéis terminando la visita, os toparéis con un escritorio y un sillón de malaquita -sí, como el kiosco de malaquita de Rubén Darío para Margarita-, cuyo verde esmeralda despierta las fantasías de la conocida como piedra de la transformación. Fue regalado a Isabel II por Anatole Nikolaïevitch Demidoff, príncipe de San Donato. Según la Wikipedia: industrial, coleccionista de arte y mecenas ruso. No aclara si fue uno de los amores de la reina, pero suena exótico. Es un broche curioso para finalizar la visita.
Apunte, mientras deambuláis por todas estas salas, sobre mármoles y porcelana, no olvidéis que, pese a la riqueza sobre la que pisáis, para la Casa del Labrador se encargaron las alfombras del tamaño de los salones, ricamente acabadas y que guarda Patrimonio. Carlos IV adelantó su estancia a Semana Santa y la humedad del río y el frío, incluso las nevadas, aconsejaban arropar bien suelos y paredes. Ah, y para quienes no tenéis bastante con menos de una hora para guardar en la memoria un sitio tan especial, os recomiendo el libro del sabio entre los sabios, Javier Jordán de Urríes, sobre este palacio.
DIRECICÓN: Plaza Jardines Histórico Art, 1. Aranjuez (Madrid)
HORARIOS DE VISITA:
-Invierno (octubre a marzo): de 11:00 a 18:00 (viernes, sábados y domingos)
-Verano (abril a septiembre): de 11:00 a 19:00 (viernes, sábados y domingos)
ENTRADAS: 10,00 €
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