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En el extremo noroccidental de la provincia de León el paisaje no cambia de golpe. Es una transición suave, una cadencia lenta. Dejamos atrás la autopista A-66 a la altura del embalse de Barrios de Luna para atravesar el Parque Natural de Babia y Luna (576 km²) y continuar rumbo oeste. La carretera CL-626 avanza ahora entre parameras abiertas, lomas suaves y pastos altos que parecen interminables. El frío y la nieve empiezan a adueñarse ahora de esta “Siberia leonesa”, un territorio despoblado que atrapa al viajero con su amplitud esteparia y su horizonte despejado. Esta estampa norteña, comprendida entre Babia y Luna, va quedando atrás a medida que nos acercamos al curso del río Sil en su tramo más alto y salvaje. Un manto blanco escala desde la vaguada hacia las laderas para acariciar las cumbres de más de 2.000 metros de la Cordillera Cantábrica, que dibujan la frontera natural entre León y Asturias. Hemos llegado.
Bosques mixtos donde se esconde el oso pardo y el urogallo, pueblos con memoria minera y brañas donde aún resuena el eco de la trashumancia. Desde 2003, este conjunto de paisajes y culturas forma parte de la Red Mundial de Reservas de la Biosfera de la UNESCO, un reconocimiento que certifica el delicado equilibrio entre naturaleza y actividad humana que se da aquí. Una pequeña estación de esquí asoma en la ladera del Cueto de Arbás. No es un destino invernal al uso, no es una postal alpina, ni siquiera la más accesible del norte peninsular. Es el precio de lo auténtico. Exploramos el Valle de Laciana.
“Estamos en una zona donde el turismo todavía, si no es incipiente, está por desarrollar”. Son palabras de Ramiro Martínez, guía turístico del Valle de Laciana. Esta comarca ocupa más de 22.800 hectáreas y coincide con el municipio de Villablino (10.000 habitantes), que agrupa catorce pueblos distribuidos a lo largo del curso alto del río Sil, que aquí nace y comienza a excavar uno de los grandes valles fluviales del noroeste peninsular. Su superficie cubre un mosaico de ecosistemas que van desde bosques densos hasta brañas abiertas de altura, y es hogar de especies como el oso pardo y el urogallo cantábrico, ambas amenazadas y protegidas dentro de esta zona incluida también en la Red Natura 2000 y como Zona de Especial Protección de Aves. La carretera CL-626 avanza por el amplio valle secundado por dos cinturones de montañas onduladas que protegen pueblos como Villaseca de Laciana, Robles de Laciana, Rioscuro, El Villar, Lumajo, Sosas, Orallo, Llamas, San Miguel de Laciana o Villablino. El bosque, el río, la pizarra y la memoria del carbón siguen marcando el carácter de este territorio. Desde Caboalles de Abajo abandonamos el valle para ascender hacia el puerto de Leitariegos.
El pisanieves acaba de despejar la retorcida LE-497 que sigue el curso del arroyo de la Cañada entre montes cerrados de robles, abedules, arces, tejos y acebos que dejan paso a praderas alpinas salpicadas de cabañas de piedra. Entre los 1.200 y 1.600 metros se abren estas brañas, o pastos de verano, donde tradicionalmente pastoreaban rebaños trashumantes y reses en busca de hierba fresca. Esta ganadería de altura ha sido, durante siglos, una de las prácticas humanas que mejor ha condicionado el paisaje y la biodiversidad local. Los caballos resisten el frío junto al arroyo, la niebla se abre para mostrar el telesilla, los carteles alertan del posible paso de osos y un autobús acaba de traer decenas de niños del colegio. Este es el plan en la estación invernal Valle de Laciana-Leitariegos.
“Somos una estación muy pequeña que ya tiene 50 años de antigüedad”. Así lo explica Andrés Fernández, director de Valle de Laciana-Leitariegos. Hablamos de una infraestructura de titularidad pública, gestionada directamente por la Diputación de León, una singularidad que marca su carácter y su funcionamiento. Según los locales este no es un destino invernal al uso, es un entorno auténtico, parte de la reserva de la biosfera y menos masificado que las grandes instalaciones pirenaicas. Incluso que la mayoría de las del Sistema Central.
Este complejo de deportes invernales está situado en el Puerto de Leitariegos, en el límite administrativo con Asturias, y se concibe como un espacio orientado principalmente al público familiar y a la iniciación. “Tenemos también algunas pistas de mayor dificultad para esquiadores más avanzados”, señala Fernández. Con un dominio esquiable de ocho kilómetros, Leitariegos recibe usuarios procedentes de León, Villablino, Ponferrada o Cangas del Narcea además de Galicia y del norte de Portugal, donde actúa como estación de referencia. Entre semana, las pistas se llenan de niños y niñas de colegios gracias a los programas educativos impulsados por la Diputación. “Trabajamos mucho con escolares, ya que somos una estación muy buena para aprender”, añade el director, quien destaca el entorno protegido que la envuelve. “Tenemos muchas dificultades para ampliar el dominio porque esta zona es hábitat de especies en peligro de extinción como el oso pardo y el urogallo cantábrico”, apunta el director.
Según Fernández el desarrollo de la estación está condicionado por su ubicación en un espacio de alto valor ambiental. “Esto nos limita la expansión, pero por otro lado es una riqueza natural que tenemos”, concluye el portavoz de Valle de Laciana-Leitariegos. El visitante puede descender aquí por sus 10 pistas de esquí y ascender por 6 remontes con una capacidad de más de 5.000 viajeros por hora que lo trasladan desde la cota de 1.513 hasta los 1.830 metros de altitud. Hoy la bruma y las precipitaciones de nieve dificultan la visibilidad pero poco parece importar a la manada de niños y adolescentes que se lo pasan en grande. ¿Precio del forfait? 22 euros en temporada alta y 15 en baja.
El Puerto de Leitariegos ha sido durante siglos un paso natural entre ambas vertientes de la Cordillera Cantábrica, utilizado por pastores trashumantes, arrieros, comerciantes y viajeros. Cruzamos la frontera hasta Asturias para entrar en el Parque Natural de Fuentes del Narcea, Degaña e Ibias (555 km2) donde se encuentra el pueblo de El Puerto, a la sombra de El Cueto de Arbás. Con más de 2.000 metros de altitud esta cima compartida por Asturias y León se presenta como uno de los grandes hitos paisajísticos del valle y el primer dos mil de la Cordillera Cantábrica en su cara occidental. La geología de esta zona pertenece a la fractura asturoccidental-leonesa, con pizarras y cuarcitas paleozoicas que configuran un paisaje profundamente modelado por la erosión alpina y por antiguas glaciaciones.
En las zonas más altas, excavaron circos, valles en forma de U y lagunas glaciares como la de Arbás, hoy escondida entre la niebla. La ruta a la cima del Cueto de Arbás es muy popular en los meses de primavera y verano pero requiere precaución en los de invierno. Especialmente en días como este cuando arrecia el viento y la niebla viene y va. Mejor regresar al Valle de Laciana.
Al descender de Leitariegos hacia el fondo del Sil los pueblos reaparecen con historias profundamente ligadas a la minería. Caboalles de Arriba y de Abajo guardan en sus calles y edificios la memoria de los tiempos en que el carbón marcó la economía y la vida social del valle. Las vías férreas, los antiguos talleres y las escombreras son huellas visibles de este pasado industrial que forjó una identidad propia. Una estupenda muestra la encontramos en el Pozo María, antiguo espacio minero rehabilitado a orillas del Arroyo de la Fleitina y en el pueblo de Villager de Laciana. Por aquí pasa la Vía Verde de Laciana, un recorrido acondicionado de unos 8 km desde Villablino hasta Caboalles de Arriba. Este es un ejemplo de las diferentes sendas que discurren por el fondo del valle aprovechando trazados de antiguos ferrocarriles carboneros. El guía turístico local Ramiro Martínez nos explica que estos itinerarios son accesibles para todas las edades y niveles ya que no tienen apenas desnivel y permiten al caminante atravesar puentes, descubrir vestigios mineros y explorar el entorno natural en el que está integrada la ruta.
Pero si hablamos en clave senderista, el Valle de Laciana ofrece a su vez más de un centenar de kilómetros de rutas señalizadas que recorren bosques autóctonos y que ascienden a puntos panorámicos como Cueto Nidio (1.773 m) o recorren brañas como la de Robles o la de Rabanal, a la sombra del Nevadín (2.077 metros) y vistas al embalse de las Rozas, donde descansa el río Sil antes de encajonarse rumbo a Ponferrada. Estas rutas por los pastos de altura muestran de cerca la interacción histórica entre pastores y paisaje, con cabañas de piedra, muros tradicionales y prados que se abren a medida que se asciende, ofreciendo panoramas amplios de toda la cordillera y donde no es raro encontrar rastros del oso pardo. Hablamos de una de los zonas donde más se pueden observar de la Península Ibérica.
“En invierno la mayor parte de los osos están inactivos y solo algunos, sobre todo las osas con crías, están activas”. Así lo explica Alfonso Palazuelos, guía de naturaleza que ofrece safaris por toda la Cordillera Cantábrica en busca del oso pardo y el lobo ibérico. “En primavera los machos se despiertan primero y a comienzos de abril ya es posible ver alguno comiendo hierba. Las osas con crías se despiertan unos 20 días después y buscan sitios alejados, donde no sean localizadas por los machos”, añade el guía de la empresa Europe Still is Wild. “A principios de mayo es la época de celo y el mejor momento para verlos, ya que se vuelven menos precavidos y además andan buscando comida”, concluye Palazuelos.
Además del oso pardo, que se reparte por toda la cornisa cantábrica, desde aquí hasta la Montaña Palentina, el símbolo de la reserva de la biosfera es el urogallo, que cuenta en Caboalles de Arriba con un espacio dedicado. “El centro del urogallo consta de tres salas expositivas y un audiovisual que ofrece al visitante una introducción a la riqueza natural, tanto de flora, destacando los grandes bosques mixtos formados por robles, serbales o abedules, como de fauna, dominada por el oso pardo y el urogallo cantábrico, ambos en peligro de extinción”. Son palabras de Javier Valenzuela, jefe de prensa de la Fundación Patrimonio Natural de CyL en relación a este espacio turístico y de divulgación biológica y cultural. “También mostramos la riqueza etnográfica del Valle de Laciana, su arquitectura, las tradiciones, costumbres y la lengua propia, el pachuezu”, añade Valenzuela. “El Centro cuenta también con un voladero donde el visitante puede ver dos grupos familiares de urogallo en un ambiente seminatural, pudiendo contemplar y escuchar el extraordinario ritual del celo el canto del urogallo”, concluye el portavoz de la fundación.
En el pueblo de Robles de Laciana nos refugiamos de la nieve y del frío en uno de los centros de turismo rural pioneros en la Cuenca del Sil. Plantamos la base de operaciones en el Hotel Rural La Bolera. Fernando Méndez y Pilar López son los propietarios de este alojamiento que abrió sus puertas en 2003 tras la reconversión de una antigua vivienda tradicional de montaña en un coqueto hotel con alma rústica.
Muros de piedra, interiores de madera, un bar donde acuden los locales y un restaurante que se ha convertido en uno de los principales polos gastronómicos del Valle de Laciana. La Bolera cuenta con siete habitaciones dobles y una cuádruple integradas estéticamente en el entorno natural que rodea este hotel que abre todo el año. “Entre octubre y abril dependemos de la estación de esquí y del tiempo”, señala Méndez. En invierno, el hotel recibe familias y parejas que suben a esquiar al Valle de Laciana-Leitariegos, mientras que en verano hospeda senderistas, viajeros de naturaleza, cazadores y pescadores de toda Europa. La oferta gastronómica es uno de los pilares del proyecto. La Bolera defiende una cocina tradicional basada en producto local, donde “lo que más se trabaja es la carne”, junto a platos de cuchara como “el caldo de berzas y las alubias en cualquier modalidad”, además de elaboraciones de caza en temporada. En verano, las terrazas y comedores permiten servir hasta 170 comidas, y el hotel mantiene también la tradición de las meriendas, con frisuelos y chocolate por las tardes.
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