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Desde el Mirador del Río Pelayo se entiende que algunos comparen a Guisando con los pueblos serranos de Andalucía. Será por su encaramarse en la montaña, sus casas encaladas y sus empinadas callejuelas que conservan buenos ejemplos de arquitectura tradicional. Siendo un conjunto notable, es el entorno lo que nos desborda y así lo dejó escrito Camilo José Cela: “Al pie de los Galayos, Guisando, es quizás el pueblo de más bellas vistas de toda España”. Aunque haya llovido mucho desde el paso del escritor gallego por estas tierras abulenses es cierto que el emplazamiento, el paisaje y las montañas siguen, a día de hoy, despertando la admiración del visitante. Basta con mirar al cielo y las crestas que coronan el valle para colmar la vista y sentir el magnetismo que atesora el macizo de los Galayos. Hacia allí nos dirigimos hoy para una caminata que emociona de solo imaginarla. Es lo que tiene la montaña.
En la Plaza del Cabrero hay un chozo tradicional en homenaje a los pastores y es el lugar perfecto donde dejar el coche antes de la visita y desde donde, tras sortear el pueblo, conducir los escasos cuatro kilómetros entre pinares tupidos hasta llegar al parking-plataforma del Nogal del Barranco. Este será el arranque de nuestra ascensión de montaña, a 1.100 metros de altura. El paisaje acoge, la sombra de los pinos se agradece y el Kiosco La Cabra, un Solete serrano de la Guía Repsol, a pocos metros del aparcamiento, pueden ser motivo suficiente de subir y darse una vuelta. Está claro que pasear por un entorno natural reduce el estrés y la ansiedad, ¡que no es poco!
Todo huele a monte mientras echamos un vistazo al Monumento a la Cabra Montés, animal icónico del Parque Regional de la Sierra de Gredos, que señala el kilómetro cero de la ascensión a los Galayos. Se trata de una de las rutas más emblemáticas de la zona, y lleva muchos años atrayendo a montañeros y escaladores de toda la geografía peninsular.
Llegados a este punto, toca tomar algunas precauciones. La primera: por aquí el sol aprieta y conviene cubrir la cabeza y proteger la piel, incluso los que solo hayan venido a merodear por la zona, disfrutable también sin ninguna pretensión alpina. La segunda: la subida al refugio Victory, hacia donde nos encaminamos, es de dificultad media-alta. Una ruta que sube hasta 1.960 metros de altura con un recorrido de unos diez kilómetros ida y vuelta y un desnivel de más de 900 metros. Es una ascensión de alta montaña que nos obliga a valorar cuál es nuestro estado de forma, para no meternos en problemas no deseados. Gredos tiene sus reglas y una de ellas es la cautela. Hay mucha tela que cortar en los picos de allá arriba y cualquier montañero sabe que no hay que subestimar ninguna montaña y menos esta.
Tras esa autoevaluación honesta, con la gorra puesta, la crema aplicada, la cantimplora llena y suficientes horas de luz por delante, toca ponerse en marcha. Coincidimos en la plataforma con dos jóvenes que se preparan también para subir al refugio. Alvaro González de Salamanca y Sergio Pérez de Collado Villalba repasan meticulosamente sus cuerdas de alpinismo. “Es algo que teníamos en mente desde hace años y muchas ganas de probarlo, para nosotros es como un sueño”, afirman, refiriéndose al Gran Galayo que planean escalar mañana.
Pasamos de largo y con pena el Kiosko La Cabra, del que sale un tentador aroma a café, y enfilamos montaña arriba. Un camino perfectamente señalizado circula entre pinos que, si bien nos ocultan la magnificencia del paisaje, también nos cobijan de un sol que en breve nos acompañara toda la ascensión. Quince minutos de calentar músculos y los pinos dejarán paso a los enebros que siendo igual de bellos tienen menor tamaño.
Se asciende lentamente a media ladera por viejos caminos usados por cabreros para subir el ganado a pastar en las alturas. Desde aquí se advierte la radicalidad del paisaje: una garganta de granito en forma de V por donde discurre el río Pelayos en una sinfonía de barrancos, pozas y grandes bloques de granito. A la izquierda, la Cuerda del Amealito por la que algunos, los más expertos, prefieren subir al Pico La Mira que domina el valle con sus 2.343 metros de altura. Primero topamos con la Fuente del Amanecer y al rato con la del Tío Macario. Entre piornos y ejemplares viejos de enebros cuya resina utilizaban los pastores para curar las heridas del esquilado u otros quehaceres vale la pena pararse, descansar, echar un trago y admirar el paisaje.
Hasta aquí el camino es esforzado pero asequible pero a partir de la apretura las cosas se complican: nos enfrentamos al barranco y ascendemos por las Zetas, un tramo singular que zigzaguea ganando en verticalidad. Desde aquí ya se observan las imponentes paredes de granito rematadas en las agujas de Los Galayos.
Neveros aislados motean la subida cuando el camino se desdibuja sobre placas de granito marcado con hitos de piedra. Encontramos a Sara, que viene desde Talavera y nos indica: “Lo tenéis ahí, ¡ojo!, en esta parte hay que utilizar las manos”. Parece haber hecho esto antes y así lo confirma: “He subido varias veces y cada día es diferente: las rocas, el aire… Me encanta estar aquí. Me gusta la buena gente de la montaña”, afirma, haciendo gala de un humor excelente.
Entre charlas se hace más liviano el último tramo y, por fin, doblamos un recodo frente al Galayar y topamos de golpe con el ansiada meta. El Refugio Victory fue levantado a mediados de los años 50 del siglo pasado y en su placa reza 1.995 metros. Paz total. Aire puro y rapaces que se dejan mecer entre las nubes mientras un escalador culmina el Torreón. Una mancha diminuta en el circo de Galayos donde también se dejan ver la Aguja Negra, la Punta María Luisa, La Vela, El Mono y Peña del Águila, por citar algunos nombres de esta mitología alpinista.
En la bajada es importante armarse de paciencia. La subida ha sido un formidable trabajo de cardio y ahora toca poner a prueba rodillas y tobillos, que nos pueden jugar malas pasadas. Así que atención extra y, de paso, admirar el paisaje que se despliega hasta tierras del Tajo en Toledo. Lo más duro está hecho y en las Zetas parece que bajamos en un ascensor. Desde ahí el camino nos lanza con ánimo excelente valle abajo. Se dejan esta vez las Pozas del Pelayo a la derecha. Un sol más suave se derrama en colores pastel sobre los rubios de granito, que es como llaman a estas rocas que se fueron desprendiendo de la crestería por acción de los glaciares.
Como tras este rompepiernas habremos consumido no menos de 5.000 kilocalorías, caemos con ganas sobre el Kiosco La Cabra. En este Solete de casi alta montaña hay un cartel que dice: “cerveza fría, caldo caliente”, y María Beltrán y Jaime Girón nos esperan con los brazos abiertos. Hace tres años se decidieron a reanimar este viejo kiosco con una reforma, dándole un acogedor toque montañero: chimenea los inviernos, correr del aire y mesas exteriores para estas fechas.
“Llevo media vida por aquí”, cuenta Jaime. “Abrí en el 91 un hotel rural en el río Tiétar con rutas a caballo, luego tuve un restaurante en Arenas y llevé el restaurante de la piscina del Arenal”. María llegó a Guisando rebotada de Madrid y México D.F: “Vengo del mundo de la producción de eventos, me siento muy cómoda aquí, haciendo conciertos por las tardes, metiendo un poco de cultura en este espacio”, cuenta. La primera decisión fue la de abrir todo el año. Trabajan dos temporadas muy marcadas: en invierno puchero y cocido con la lumbre, “comida de montaña”, y el público es más local, más montañero. En primavera y verano cambia el perfil, más turismo, más familias y excursionistas.
La segunda decisión fue asumir la falta de conexión así que las reservas solo se pueden hacer por WhatsApp. Una vez en el sitio, ya se sabe, estaréis desconectados y de eso se trata. A partir de mayo solo cierran los miércoles y su apuesta gastronómica es por la cocina tradicional: “Cocinamos y compramos todos los días”, dice él. “Economía circular”, dice ella. “En verano viene gente de las huertas locales y trae hortalizas, tomates, pimientos, sandías”. Acaban de llegar unos espárragos trigueros de Lanzahíta y están a punto de aparecer los rebozuelos, que son los níscalos de mayo y que a Jaime le gusta preparar con ali oli o en guisos de carne.
Disponen de una parrilla de carbón donde preparan carnes de la zona a la brasa. La alubia carilla, por el calor, ha sido sustituida por el gazpacho de remolacha, un clásico del lugar. Se curran arroces, incluyendo uno vegano. De hecho muchos de sus platos tienen opción vegana, como las patatas revolconas, al hacer la carne aparte para satisfacer ambas demandas.
Eso es lo bueno de La Cabra, que hay gente muy variada, un ambiente abierto en un lugar maravilloso donde el vínculo puede ser el amor por la naturaleza. Si te acercas a la tarde puedes encontrarte un concierto de folk, o uno de blues de noche. Puedes hacerte con el avituallamiento para la subida o sentarte tranquilamente con una cerveza y un buen pisto con huevos después de la pateada. Si has llegado hasta aquí y no te da el cuerpo ni la vida para nada más, tienes variedad de rutas cortas y fáciles desde el kiosco y alrededores. Es un paseo agradable el que te lleva al nogal que da el nombre al lugar y donde se dejan ver restos de majadas de pastores. Y después de vuelta al Kiosco La Cabra, que ya sabemos que tira al monte.
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