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Buscamos más allá de los polígonos industriales, las naves logísticas y centros comerciales del sureste de la capital un desierto inesperado a las puertas de la Madrid. Ahora el paisaje se abre como una grieta en el asfalto de la A3, que atraviesa este territorio a la altura de Rivas-Vaciamadrid y muestra al viajero una sucesión de cortados blanquecinos, cárcavas que parecen cicatrices y barrancos que se pierden en este laberinto de tonalidades ocres y rojizas. Nos asomamos desde los cerros que emergen como islas en un mar de arcillas, y nos regalan vistas al skyline de las torres frente a las cumbres nevadas de la Sierra de Guadarrama. No es Almería, ni los coloraos de Gorafe, ni mucho menos las badlands de Arizona. Estamos a apenas 30 kilómetros del centro de la capital. Exploramos los caprichos geológicos de la Cuenca de Madrid.
El viento y el agua se han confabulado para tallar este territorio desolado. La Cuenca de Madrid es una gran depresión geológica situada en el centro de la Península Ibérica, formada hace millones de años como parte del sistema de cuencas interiores asociadas al levantamiento del Sistema Central. Esta zona sedimentaria, sobre la que se asienta la ciudad y gran parte de su comunidad autónoma, combina el componente mineral de sus yesos y margas con la fuerza fluvial de los ríos Jarama y Manzanares. Pues no todo es desierto aquí.
En la confluencia de estos ríos se despliega un mosaico de paisajes en forma de humedales, sotos y bosques de ribera atrapados entre acantilados yesíferos y cerros testigo. Las lagunas funcionan como refugio de aves y anfibios, los barrancos descienden hacia las vegas fértiles y las lomas aparecen como vestigios de antiguas superficies sedimentarias. Todo este territorio forma parte del Parque Regional del Sureste, declarado en 1994, con más de 31.500 hectáreas protegidas, un santuario ecológico que convive con áreas agrícolas y núcleos urbanos como Rivas-Vaciamadrid, Arganda del Rey, Velilla de San Antonio o Mejorada del Campo. Abrimos ahora un mapa geológico a cielo abierto donde se pueden leer las huellas desde el Terciario hasta la aparición de los primeros humanos. Descubrimos las rutas y miradores para descifrar los paisajes de este páramo madrileño estilo western.
Subimos hasta lo alto del Cerro del Telégrafo, en Rivas‑Vaciamadrid, para buscar el mejor lugar para tomar conciencia del territorio que rodea al río Jarama. Este promontorio recibe el nombre por albergar hace ya más de siglo y medio una de las torres de la línea de telégrafo óptico que comunicaban Madrid y Valencia, que solo funcionó entre 1850 y 1855. Este mirador natural ofrece una panorámica de 360 grados que abarca el valle bajo del Jarama, su confluencia con el Manzanares y gran parte del Parque Regional del Sureste.
Caminamos por esta zona arbolada, donde se encuentra el Centro de Recursos Ambientales Chico Mendes y un punto geodésico y donde nunca faltan corredores, paseantes y ciclistas que recorren la ruta de los Cantiles. Desde la cima, situada a unos 60 metros sobre el cauce del río, podemos disfrutar, a su vez, de unas vistas privilegiadas de la silueta de la ciudad de Madrid, con las torres y las montañas blancas de la Sierra de Guadarrama en los días despejados como este. Si hablamos en clave geológica, hablaremos del del Telégrafo como un cerro testigo, un vestigio aislado de una antigua superficie sedimentaria moldeada por la erosión fluvial que configuró la Cuenca de Madrid.
Descendemos desde el Cerro del Telégrafo para atravesar las calles de Rivas y contemplar uno de los paisajes más característicos del territorio: el Espolón de Vaciamadrid. Nos olvidamos del coche en el aparcamiento de Soto de las Juntas para caminar por esta finca, propiedad de la comunidad de Madrid, muy transitada por ornitólogos, fotógrafos, ciclistas y senderistas. “Este espacio se encuentra incluido en la red europea Natura 2000, estando comprendida dentro de la Zona Especial de Conservación “Vegas, Cuestas y páramos del Sureste”, y de la Zona de Especial Protección para las Aves “Cortados y cantiles de los ríos Jarama y Manzanares”, como informan desde la Consejería de Medio Ambiente de la Comunidad de Madrid.
“Por el Soto de las Juntas discurren dos sendas señalizadas que se pueden realizar tanto a pie como a bicicleta”, añaden. La Senda Riberas del Soto de las Juntas tiene una longitud de 5 km y duración de 2,5 horas mientras la Senda Laguna del Soto de las Juntas tiene una longitud de 2 km y duración de una hora. Ambos recorridos permiten descubrir el relieve del parque, de cantiles, barrancos y cárcavas que se elevan sobre el río Manzanares hasta su confluencia con el Jarama.
Desde el curso del Manzanares se aprecia cómo el agua ha esculpido el Espolón de Vaciamadrid que domina la gigantesca loma surcada por cortados, barrancos, cárcavas y terrazas fluviales, que revelan la historia de este paisaje y el papel que el río ha tenido en su modelado. Los sotos y lagunas contrastan con las laderas desnudas, mientras el Camino de Santiago de Madrid recorre la ribera, conectando a caminantes y ciclistas con la riqueza natural e histórica de la zona. Entre los campos de la estepa de Rivas-Vaciamadrid destaca también el Bosque Scania, un proyecto de reforestación que ha recuperado vegetación autóctona y transformado antiguos terrenos degradados en pequeños oasis de biodiversidad. “Los cortados son impresionantes”, comenta un fotógrafo, que explora los diferentes rincones del río en busca de aves. “El mejor lugar para contemplarlas es la zona de la Laguna del Campillo, donde es fácil ver búhos reales, milanos y diferentes tipos de aves acuáticas”, concluye el ornitólogo.
Nuestro siguiente en la ruta por el desierto de Madrid lo encontramos en la Laguna del Campillo. Este es uno de los humedales más representativos del Parque Regional del Sureste. Aparcamos junto al polideportivo que se encuentra sobre la loma que se asoma al lago desde los cantiles de yeso y arcilla. Desde este mirador divisamos la laguna escondida bajo estas paredes, cuyo origen está ligado a la extracción de áridos. Al explotar las gravas fluviales quedaron depresiones que posteriormente se inundaron, dejando al descubierto en sección los materiales aluviales que rellenaron el valle y ofreciendo una ventana geológica al pasado del territorio.
Aunque el río Jarama bordea la zona, las lagunas no se alimentan de su corriente, sino de flujos subterráneos. Descendemos hacia la senda que recorre la ribera de la Laguna de Campillo, donde el tráfico está restringido y donde se ubica el Centro de Educación Ambiental El Campillo, cerrado desde las inundaciones de la DANA de 2025. La ruta circular nos permite explorar el entorno que envuelve la laguna, desde los cortados y cantiles, humedales y meandros del Jarama hasta zonas a la sombra del bosque como el Parque del Paladar, junto a la enorme fábrica homónima, y puntos de observación de aves.
Desde el mismo mirador de la Laguna de Campillo parte también la ruta de los Cantiles, también conocida como Camino del Monte y Acantilados de Rivas, que conecta con el Cerro del Telégrafo. También se puede hacer en sentido inverso. Esta senda nos guía por lo alto del cerro panorámico y los escenarios más desérticos del Parque Regional del Sureste. En él descubrimos cuevas, espolones rocosos y caminos trazados por el agua que nos conducen hasta el fondo de la garganta. Los cortados del Piul se precipitan sobre la vega del Jarama y las lagunas de El Campillo y de Velilla. Aparecen como otro de los símbolos de esta zona protegida, con sus formas curiosas de pináculos de arenisca donde brillan los cristales de yeso al sol. La vegetación es baja y dispersa, creando un aire semiárido que recuerda a los desiertos de Almería o los Monegros. Desde lo alto se disfrutan vistas continuas de las lagunas, humedales y la vega, mientras cigüeñas y milanos sobrevuelan los acantilados.
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