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Un pasillo en forma de gusano con las paredes color salmón cubiertas de flores de cerámica. Una puerta de más de 500 kilos adornada con el dibujo de un pavo real. Ventanas con forma de mariposa. Una cúpula rematada con una corona dorada. Torreones, pináculos, arcos… Bienvenidos al Capricho de Cotrina, la construcción más improbable que uno pueda imaginarse en mitad de Extremadura.
Estamos a las afueras de Los Santos de Maimona, un pueblo de 8.000 habitantes pegado a la Vía de la Plata y a un paso de Zafra. En este paisaje de viñas y olivares se dibuja el perfil recortado de la Sierra de San Cristóbal, a la que fue dando bocados la cementera que operó allí hasta principios de los años setenta para extraer la piedra. A los pies de esa sierra desdentada se levanta un edificio que rompe la lógica del paisaje: la peculiar casa a lo Gaudí que Francisco González Grajera, conocido como “Cotrina”, levantó con sus propias manos.
Todo empezó cuando su hija Virginia, con 7 años, le pidió una casa con piscina y distinta a las demás. El padre tomó nota y se vino muy arriba. Francisco, albañil y marmolista, no tenía estudios de arquitectura ni ingeniería, pero le sobraba paciencia y creatividad. Durante más de 30 años dedicó sus días libres a trabajar en su “capricho”, a levantar pieza a pieza lo que acabaría convirtiéndose en una de las construcciones más inclasificables de España. Sin planos técnicos, sin reglas. Solo sus bocetos garabateados en un papel e intuición.
El caso de Francisco no es único. El escritor estadounidense Chuck Palahniuk firmó un ensayo-reportaje, Confessions in Stone (recogido en el libro Stranger Than Fiction: True Stories), en el que rastrea las motivaciones de americanos corrientes empeñados en levantar castillos en sus parcelas. Al visitar el Capricho de Cotrina es inevitable acordarse de esa pulsión que describe Palahniuk del individuo común empeñado en construir algo monumental con sus propias manos y contra toda lógica.
Francisco había emigrado al País Vasco en su juventud. Y a su vuelta, montó una empresa de mármol con la que sacaba adelante a su familia. Los domingos, los pasaba dando forma a este lugar en el que dominan las curvas, los volúmenes caprichosos y una piel de trencadís, la técnica modernista para decorar superficies a base de pegar trocitos de cerámica, vidrio o mármol, que popularizó Gaudí.
De los siete hijos de Francisco, Pilar heredó el talento para el dibujo de su padre y Roberto, la maña y la paciencia. Ellos dos, junto a la pareja de Pilar, han tomado el testigo y siguen añadiendo detalles a la casa. Pilar, además, se encarga de gestionar las visitas. "El mayor orgullo es que venga la gente a ver la casa que hizo mi padre", nos cuenta. La visita es guiada, con reserva previa y la conduce la propia Pilar. Dura aproximadamente una hora y es gratuita, aunque se invita a dejar un donativo destinado a mantener y seguir construyendo este lugar inclasificable.
Ataviada con un chándal negro y un pequeño micrófono portátil, la hija de Cotrina hace pasar al grupo de visitantes de esta mañana de primavera y explica los detalles del exterior de la casa al tiempo que cuenta la intrahistoria de la construcción. El público apunta con la cámara del móvil a un lado y a otro. A la fachada en curva decorada con relieves y remates. A los detalles: dibujos de flores, hojas, bellotas, una serpiente y hasta la cabeza con cresta de un punk. A la barbacoa y al horno de leña. A la piscina rodeada de fuentes, maceteros y flores gigantes…
Pilar conduce al grupo al interior, al que se accede por una puerta que pesa más de media tonelada y que está decorada con un llamativo pavo real. La puerta, que gira sobre un eje, da paso al salón de la casa, todavía inconcluso, donde la guía muestra los bocetos que dibujaba su padre antes de hacerlos realidad y las molduras del techo, que su padre hizo utilizando como molde vasos de tubo. Cada estancia de la casa tiene su peculiaridad, pero la estrella es el pasillo que conduce a la habitación principal. Un corredor de color salmón con forma de gusano que está suspendido a unos centímetros del suelo.
El baño es otra pieza estrella de la visita. Revestido de un mosaico en tonos azules y presidido por una cúpula. El techo está decorado con una enorme estrella blanca en homenaje a la Virgen de la Estrella, patrona de Los Santos. Francisco murió en 2016 de un ataque fulminante al corazón, dejando la obra a medias, pero la familia sigue trabajando en su legado los fines de semana, como siempre hizo su padre, para seguir dando forma a este curioso lugar, que, para algunos es un delirio y para otros, una insólita muestra de la creatividad espontánea.
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