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Las luces cambian cuando se acerca la hora del servicio. Hasta ese momento, Carlos, junto a Ismael, la persona que le ayuda en la cocina, ubicada detrás de la barra, ha estado rematando todo lo que se puede dejar preparado previamente para el menú degustación de esta noche. Jara, como jefa de sala, se prepara para recibir a los clientes y con el bar listo para los cócteles de la casa. Ahora Emilia Roa, enóloga, se encarga de la bodega, discreta y muy extremeña hasta el momento. “Vamos a meter referencias internacionales porque es lo que nos demandan los clientes y en breve ofreceremos maridaje”, comenta el chef sobre la bodega en una entrevista previa a la cena.
Pero arranquemos con un cóctel o una cerveza como en el bar de toda la vida, mientras puedes curar la nostalgia con una máquina recreativa o repasando parte de las paredes donde series y películas transportan a otra época. “Está lleno de portadas de revistas, pósters de películas y series del año 81 en el que nació Carlos y el año 90 en el que nací yo”, cuenta Jara cuando le pregunto por una portada de la Súper Pop. La serie V, Miami Vice, el Equipo A, MacGyver o películas como Pretty Woman, Solo en Casa, entre otras muchas, arrastrarán a muchos a la infancia. Como la bicicleta estilo chopper que cuelga del techo con luces de neón que destacan en el ambiente nocturno de El Bar. Las velas, como el enorme velón rojo que ocupa una esquina, dan calidez a este ambiente con un toque industrial hasta que el fuego entra en juego y toma el control detrás de la barra de las manos de Carlos.
El lugar, los dueños, el nombre del restaurante y la experiencia exigen “cocina de bar”, pero partiendo de elaboraciones clásicas como “unos callos, una croqueta o unas bravas, llevadas a un punto de vista más actual y moderno”, explica el cocinero emeritense, que no tiene ningún problema en añadirle fusiones internacionales, como asiáticas o mexicanas, sin más límites que los impuestos por el propio chef. Empezamos con una croqueta de marisco y un mochi de patata. “Hacemos una croqueta de gamba, le ponemos un carpacho de gamba por encima y una mayonesa de chile. Y después, una especie de mochi de patata y salsita brava”, explica Carlos, moviéndose de una punta a otra de la barra explicando a cada pareja de comensales lo que van a degustar, para después volver a tomar posiciones frente al fuego. La energía del chef se extiende detrás de la barra traspasando a los clientes que bailan a su son.
El Bar Old School Food es una propuesta atrevida en Mérida, lo que les ha convertido en el único Un Sol Guía Repsol de la ciudad. Pero es que sus dueños nunca fueron del montón. Él, a punto de terminar Ingeniería Técnica en Diseño Industrial a falta de solo una asignatura, decidió después de unas prácticas en una empresa que lo suyo no pasaba por sentarse delante de un ordenador y empezó cocina (primero en Badajoz, el ciclo medio; después, en Mérida el superior). Jara estudió Educación Social y oposita para ayudar a los más vulnerables en su ciudad o “donde haga falta”. Sin embargo, la hostelería les dio alas para viajar trabajando en diferentes sitios. Con este objetivo, se marcharon desde bien jovencitos, llevan media vida juntos, a hacer temporada de verano en Ibiza y temporada de invierno en Andorra.
“Siempre habíamos querido regresar. Y la pandemia nos pilló en Mérida. Fue el detonante”, recuerda Carlos. En agosto de 2021 abrieron El Bar, que lleva la coletilla Old School Food porque no les dejaban llamarlo simplemente El Bar, “y como siempre fuimos de la vieja escuela” se terminó llamando así, reflejando directamente la personalidad y los gustos de sus dueños, que se definen como personas que son “mucho de bares”, pero que querían alejarse por completo de los restaurantes “encorsetados”. Su objetivo principal era que los clientes vivieran el espacio con la informalidad de un bar, pero recibiendo la calidad gastronómica y el servicio propios de un restaurante.
Y con cada pase, vemos que lo han conseguido. El escabeche de jamón sorprende con unos daditos de pez limón marinados en miso, salteados al huevo, manzana y corteza de cerdo, todo sobre un caldo de jamón. Y cuando llega la versión de los callos de bacalao de Carlos, servidos con una espuma de patata en el fondo y acompañados de un pan chino relleno de crema de chorizo, volvemos a estar pegados a la barra con las expectativas de una noche joven que acaba de empezar y uno no sabe cuándo ni cómo acabará.
Emilia, que se acerca a cada comensal para recomendar personalmente la mejor copa para cada parte del menú, tiene como objetivo ampliar a unas 30 referencias nuevas la bodega y ofrecer una auténtica opción de maridaje para el menú degustación. “La idea es llegar hasta las 100 referencias antes del verano”, asegura la sumiller. En la actualidad, la carta está muy protagonizada por la bodega local Pago los Balancines. Empezamos con un tinto clásico, Huno Reserva 2019, elaborado con tempranillo, garnacha, tintorera y graciano con 18 meses en barrica de roble francés. Para los que prefieren seguir el tono divertido y relajado del ambiente integrándose en la fiesta nocturna, la carta de cócteles está muy bien pensada, y Jara es buena consejera.
El dinamismo que imprime Carlos al menú se une al concepto que defienden de no hacer eterno ni extremadamente formal un menú acertado también con el número de pases: nueve. Se le suma una banda sonora, al volumen ideal, que dan ganas de bailar aunque sea sentado. Eso sí, y tomen nota, porque la agilidad de esta casa probablemente impedirá que el lector pruebe los platos que se cuentan en este reportaje. Aquí la oferta cambia mucho y muy rápido.
“Cada semana y media o dos semanas hay un plato nuevo o alguna modificación para que en dos meses, dos meses y medio como mucho, el 90% del menú sea totalmente distinto. Solo mantengo desde septiembre un postre: el flan de miso”, afirma el cocinero como si fuera lo más sencillo del mundo. Hay un motivo: “Al final, nos tenemos que adaptar un poco al cliente. Tenemos un cliente que viene muy a menudo y si tienes un menú de degustación que él no sabe lo que va a comer y viene cada mes, al final tienes que tener un menú distinto”. Esos cambios someten a una actividad creativa a Carlos constante y, hasta el momento, inagotable para suerte de sus comensales. “Cada vez lo haces mejor, Carlos”, le asegura la pareja con la que compartimos barra a nuestra derecha y clientes asiduos de El Bar.
Esta noche, hay cocido en dos vuelcos: caldo de cocido con noodles salteados al huevo, con tartar de vaca y garbanzos fritos; y en la segunda parte, una empanadilla hecha con hoja de repollo, rellena de las carnes del cocido (jamón, tocino y pollo), y acompañada de un humus de garbanzo, mole de garbanzo y salsa de yogur. La juerga de texturas y sabores que se marca Carlos en estos pases dan ganas de pedirle por favor que lo cambie en primavera, pero que lo recupere con alegría para el próximo invierno.
Pollo frito con salsa agridulce o panceta glaseada siguen marcando el paso en una noche, que como aquellas de los 90, uno disfrutaba en los bares sin postureo digital pero con el mismo deseo actual de pasarlo bien. Hoy, la ambición es seguir probando y aprovechando el buen comer en un ambiente relajado donde destacan los uniformes informales y la estética alternativa del equipo con camisetas negras, gorras, barbas y tatuajes. Con un máximo de 12 comensales, que quedan distribuidos por toda la barra en forma de ele, imprimen la pincelada íntima y exclusiva.
El arroz inflado, con helado de yuzu y curry dulce; y el resistente flan de miso, con sopa de miso y crema de nata, introducen el toque más dulce en esta fiesta. Hay sofás para despedirse con un cóctel tranquilamente o quedarte de pie en la barra si apetece mover un poco los pies. Pero, al final, a los clientes no se les olvida que esto es un local de alta gastronomía y se van cuando Carlos cesa su actividad, pasa a saludar y a preguntar qué tal a cada uno de los participantes de esta locura tan especial. Uno quiere alargar la experiencia y retenerla. Menos mal, que días después uno descubre que no se borra tan fácilmente. Entendemos la asiduidad de sus clientes: Carlos y Jara dejan con ganas de más. Hay que regresar a Mérida para disfrutar de El Bar (con su coletilla completa Old School Food).
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