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Interior del postre Tívoli.

Pâtisserie Tokyo (Gerena, Sevilla)

La pastelería creativa que ha revolucionado Sevilla

Actualizado: 28/05/2026

La tentadora lista de creaciones surgidas del talentoso ingenio de Irene Morcillo en Pâtisserie Tokyo posee nombres tan sugerentes como Calypso, Bali o Alaska. Deliciosos bocados de atractivo diseño y exóticos sabores. Pasen, vean... ¡y prueben!
¡Juega y gana con los Cromos!
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La contagiosa risa de Irene ya se escucha al otro lado de la puerta del obrador desde mucho antes de que lleguemos incluso a avisar de nuestra presencia. Manga pastelera en mano, vemos cómo procede a rematar, con extrema sutileza, una de sus deliciosas Tarta Ámbar: un bizcocho de zanahoria que corona con una ganache de zanahoria ecológica y chocolate blanco. Mientras, ríe la última broma de Arnau, que prepara un par de cafés a su lado. Él, su marido, pinche y mayor apoyo en la aventura empresarial que arrancaron hace ya ocho años en el pueblo hispalense de Gerena, a sólo 30 kilómetros de Sevilla, derrocha ilusión y desparpajo por doquier.

Irene y su marido, Arnau, en el obrador.
Irene Morcillo y su marido, Arnau, en el obrador.

Porque si algo define a Pâtisserie Tokyo, este universo paralelo dedicado a la alta repostería creativa, es la pasión: por lo que hacen, por lo que proponen, por lo que creen. “El nombre está en francés como homenaje a la base de la pastelería. Y lo de Tokyo viene por dos razones: una, porque en Barcelona hay un maestro pastelero japonés, Takashi Ochiai, que fue quien me enseñó a hacer los mochis y la pastelería japonesa. Otra, porque estamos enamorados del respeto que los japoneses dan al producto, la excelencia con la que hacen las elaboraciones. Siempre dije: hacia ahí quiero apuntar yo”, nos cuenta esta viguesa de nacimiento, aunque criada en Barcelona, que acabó convirtiéndose en repostera por absoluta convicción.

Galápagos, un postre vegano y sin lácteos, con chocolate negro, mandarina y maracuya.
Galápagos, un postre vegano y sin lácteos, con chocolate negro, mandarina y maracuya.

Aunque lo cierto es que lo suyo con la cocina no fue un flechazo precoz: antes, dedicada a otros quehaceres profesionales, había pasado por Estambul, donde conoció a Arnau. Allí se instaló durante una etapa en la que entró en contacto con la exótica —¡y contundente!— pastelería turca antes de volver a tierras españolas. Tras años de formación y aprendizaje junto a algunos de los nombres más destacados del sector —dos años en la Escuela de Hostelería Hofmann en Barcelona, a los que se sumaron cursos en la materia junto a Maria Selyanina o formaciones con grandes como Christian Escribà, Jordi Roca o Jordi Bordas— llegó el momento en el que la técnica ya no bastaba: tocaba construir algo propio.

Viajando con los sabores

Mientras se mueve de un lado a otro del obrador, Irene nos cuenta que, en muchas ocasiones, las recetas empiezan antes en la cabeza que sobre el papel. Piensa en los sabores desde los olores, imagina combinaciones y construye el resultado casi como quien compone una historia. “Hay pasteles que salen en dos segundos, y otros que en la mente quedan muy chulos, pero que, cuando pruebas, dices... no. Eso sí: este es uno de los que salió a la primera”, aclara mientras saca de la nevera una muestra de Calypso. “Este está compuesto de una mousse de coco que lleva un centro gelificado de mango y maracuyá, y un bizcocho de coco con maracuyá. Todo elaborado con fruta de verdad, nosotros no somos nada de aromas ni de pastas raras. Por encima está bañado con chocolate Valrhona del 60%, ecológico y de comercio justo, así hace la forma de un coco. Y arriba le hemos puesto un cremoso también de maracuyá”. Recetas que se desarrollan ajenas a cualquier ingrediente artificial: “Aquí no entran colorantes ni estabilizantes”, aclara Arnáu, que siempre está pendiente de lo que Irene pueda necesitar. “Sólo trabajamos con producto 100% natural”, puntualiza.

Irene preparando la masa para sus postres.
En Pâtisserie Tokyo sólo se trabaja con productos 100% naturales.
Batidora.
A Irene le gusta experimentar con sabores y texturas.

Una máxima que impera en todas y cada una de las creaciones, algunas de ellas más cercanas a la más pulcra artesanía que a lo gastronómico. Obras de arte con nombres exóticos, como Singapur —un brownie de chocolate blanco con té matcha ecológico, cremoso de coco con bergamota y un coulis de maracuyá—, Galápagos —bizcocho de chocolate con almíbar de mandarina, gelificado de mandarina con maracuyá, mousse de chocolate negro del 70% y glaseado” o Tívoli. “Aquí lo que usamos es chocolate blanco y frambuesa liofilizado. De hecho, es una mousse de chocolate blanco, granada, amaretto y lima. Dentro lleva un cremoso de frambuesa que está hecho con inulina, que es una fibra prebiótica que utilizamos en vez de poner azúcar. De esta manera queda cremoso sin tener que añadir azúcares ni gelatinas ni nada, y es más sano”, nos explica Irene.

Postre Singapur y postre Tahití.
Dos brownies de chocolate blanco: Singapur, con té verde matcha y coco, y un sabor que “recuerda al pistacho”; y Tahití, con frambuesa, más floral y con sabor a mazapán.

Algunas propuestas juegan con especias; otras, hacen de las frutas tropicales o del chocolate su absoluto protagonista. Todas bautizadas con nombres que, ya lo hemos comprobado, funcionan casi como invitaciones al viaje. Sucede también con Alaska — bizcocho de cacao con helado de pistacho con cardamomo, agua de rosas ecológica y helado de vainilla ecológica, cubiertos por un merengue terminado con soplete— o Tahití, que lleva un brownie de chocolate blanco con fresa y frambuesa, y una ganache de chocolate de frambuesa, nata y frambuesas naturales. “El brownie está hecho sin frutos secos, porque queremos que realmente se saboree lo que es puro chocolate, y además lleva harina de arroz en lugar de harina de trigo. De de esta manera las personas que son intolerantes al gluten lo pueden tomar”, comenta la pastelera.

Preparación del postre Ámbar.
Irene prepara su versión de la tarta de zanahoria: Ámbar.
Postre con forma de osito rosa.
En Pâtisserie Tokyo también trabajan el chocolate y los mochis.

Echamos un vistazo a las paredes de entrada al obrador, donde se despliega una suerte de paseo de la fama. Fotografías que rememoran encuentros con grandes profesionales a los que Irene admira desde sus inicios. No faltan nombres como Ferrán Adriá, Dani García o Carme Ruscalleda. En cuanto tenemos la oportunidad, eso sí, damos un bocado algunas de las propuestas y sentimos, ipso facto, una explosión de sensaciones. Una experiencia culinaria que nos revela que, tras cada una de las elaboraciones, hay vivencias y recuerdos, referencias personales y emociones. “Muchas veces la comida no es un reflejo biológico, es emocional. Normalmente sales a experimentar, a compartir con tus amigos alrededor de una mesa donde acumulas experiencias y recuerdos. Lo que comes te lleva a casa de tu abuela, a tu primer novio o novia”, relata Arnáu. Y es eso, precisamente, lo que consiguen en esta singular patisserie.

Pastelería de raíces y vanguardia

A pesar de que el trabajo no cesa, todo luce perfecto y ordenado: el local, pequeño en dimensiones —por algo aquello de microobrador— se muestra impoluto y cuenta con toda la maquinaria necesaria para experimentar, hacer y deshacer. En las repisas, chocolate llegado desde Francia, vainilla de Madagascar, especias, frutas y mezclas inesperadas, aportan un toque de color al blanco imperante. Mientras, el ruido de la batidora donde la crema helada va tomando consistencia nos acompaña de fondo en una charla que cada vez resulta más animada.

Postre Calypso.
Postre Calypso, el más tropical, con coco, mango, maracuyá y almendra.

Porque no sólo de pasteles vive Pâtisserie Tokyo: también han sabido —han querido— indagar en otras áreas del universo más dulce: Irene es un alma inquieta que jamás detiene su formación. Sus estudios e investigaciones en diferentes materias relacionadas con la pastelería le han llevado a descubrir nuevos ingredientes y técnicas. Por eso, continúa ampliando la oferta desde su laboratorio particular. Los mochis o los helados, incorporados a la carta desde hace años, son un ejemplo de ello. También la reinterpretación de aquello que descubrió décadas atrás en Turquía: los baklavas, que son su gran perdición. De uno y de otro, ha elaborado hasta tres helados del dulce turco diferentes, confirmándonos lo que ya sabíamos: para jugar, para inventar, sólo hay que ponerle ganas e ingenio. “Aunque cada vez hacemos más envíos fuera, nuestro cliente principalmente es de Sevilla o del Aljarafe sevillano, por eso tenemos que ofrecer algo diferente. No puedo caer en hacer algo que puedan encontrar en cualquier otro sitio. Por eso, lo que hacemos aquí son creaciones únicas, nos las hemos inventado nosotros”, nos aclara.

Tarta Alaska: bizcocho de cacao con helado, cubiertos por un merengue terminado con soplete.
Tarta Alaska: bizcocho de cacao con 2 tipos de helado, cubiertos por un merengue terminado con soplete.

Y, para ello, a menudo abrazan lo tradicional para insuflarlo de innovación, jugando con raíces y vanguardia a su antojo. Un ejemplo es, precisamente, sus financiers o sus baklavás, que ha sabido reformular dotándolos de más ligereza. “El baklavá en Turquía tiene muchísimas capas de pasta filo y una mantequilla de leche de cabra y de oveja que es mucho más espesa. Esas capas de pasta filo absorben más mantequilla y más almíbar. Nosotros lo que hacemos es que en vez de hacer 40 ó 33 capas, pasamos a 2, y es mucho más ligero. Absorbe menos mantequilla y menos almíbar, y eso te permite comer más de uno sin problema”, nos cuenta la repostera, que los elabora de tres tipos: pistacho y cardamomo; pistacho, cardamomo y té matcha; y el tropical, con coco, pistacho y almíbar con toque de ron Malibú. Piezas únicas con las que redondean una propuesta sorprendente, original y tremendamente tentadora, desde su particular rincón: este templo hispalense a la alta repostería donde endulzarnos la vida con creatividad, talento e historias.

'PÂTISSERIE TOKYO' - Calle de Goya, 18-B (Gerena, Sevilla). Tel. 686 103 664