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Cuando María Franco y Javier Arenzana visitaron La Vera en el 2017 y vieron la finca que ahora cuidan con todo el cariño, sufrieron un amor a primera vista que dura hasta el día de hoy. Ni las horas de trabajo que tienen estas tierras ni la rehabilitación de los secadero de tabaco y de pimientos que componen las propiedades han conseguido menguar una pizca de este amor.
“Buscábamos una casita con un terrenito para descansar, pero cuando vimos esto pensamos: ¿Y si hacemos una granja ecológica? Estamos encima de una tierra con manantiales y aprendimos a cultivar, aunque no teníamos ni idea de nada”, se ríe María, refiriéndose a ella y su marido cuando comenzaron esta andadura, que poco después acabó siendo un proyecto tan ilusionante que decidieron compartirlo con todo el mundo. “Desde el principio supimos que queríamos compartir este paraíso con la gente. No sabíamos qué íbamos a hacer, pero no queríamos un restaurante al uso, sino un sitio donde la gente viniera a disfrutar sin hora de salida”, sonríe la dueña, que recibe a todo el mundo con cariño, saluda a los clientes como si los conociera de siempre y lo hace de tal forma que hasta los niños la adoran.
Si no arrancamos directamente con su bufé, preparado casi todo con productos de sus tierras, es porque en Los Confites (Solete) el lugar es casi tan importante como su apuesta gastro. Una experiencia que arranca en una carretera comarcal, entre Jarandilla de la Vera y Talayuela, donde empieza el camino que se adentra hasta la finca. Una parte del trayecto está asfaltado; otra, no, aunque la tierra está bien apelmazada y sin baches. Una par de bosques de robles, unas cuantas lagunas y varios pastos con vacas después se llega a la entrada de Los Confites.
La finca está ubicada en el corazón de una de las comarcas más bonitas de Cáceres, La Vera, donde un microclima hace posible disfrutarla todo el año y la Sierra de Gredos colabora aportando belleza a esta estampa con toda su soberbia y elegancia. En estos días, sus montañas aún pintan canas en la crestas saliendo de un invierno que dejó buenas nevadas. Aunque sus faldas ya han sucumbido al renacer de la primavera tiñéndose de una variedad de verdes pintones que inauguran la llegada de la vida.
Dos perras blancas, que recuerdan a Niebla (el perro de Heidi) más por su pachorra que por su físico, reciben tumbadas y sin hacer ruido a los clientes. Como si la historia no fuera con ellas o, como bien dice María, como si estuviéramos entrando en nuestra propia casa. Los jardines son un regalo para el descanso y esa belleza baja revoluciones a la velocidad que la naturaleza entra por los ojos, se siente en la piel y en el olfato. De frente, el secadero de pimientos, bautizado como la Casita de la Parra, mira hacia el huerto que aún no ha inaugurado el verano, pero que cuando esté lleno de tomates será la vista perfecta para los brunchs en su terraza.
A la derecha, se yerguen los secaderos de tabaco, transformados en dos naves por el arquitecto Arturo Grinda con una visión campestre que encaja a la perfección con el buen gusto de los muebles, las flores (escogidas en el campo para hacer centros increíbles) o la multitud de libros que inundan este espacio. En la sala, dos chimeneas enormes invocan la promesa de regresar en invierno. El efecto de la luz colándose por los ladrillos que adornan la ventanas, colocados como en los secaderos para que corra el aire, es pura magia. “Es un sitio muy especial”, corrobora María con palabras. Aquí todo está pensado para que las personas puedan relajarse y sentirse como en casa.
“Para eso integramos el concepto bufé, porque eso te permite servirte lo que quieras cuando quieras. Yo te doy una mantita, te sientas en el jardín o dentro, te tomas tu bloody mary… Y que parezca que estás en casa”, afirma la dueña en una explicación de cómo funciona el lugar. De la parte gastro se ocupa su hija Lucía, que desde que regresó de Australia, tuvo claro que el sitio merecía mucho más.
Aquí en Los Confites, se sirven brunch o almuerzo dependiendo de la temporada: en primavera-verano, cuando los días son más largos, para aprovecharlos bien se sirve brunch; y en otoño-invierno, almuerzo. En ocasiones especiales, también se organizan jornadas gastronómicas. Pero siempre con el mismo concepto de bufé. Lucía aprovecha los recursos del huerto y los huevos de sus gallinas; para otros productos, compra a los vecinos o productores de la zona, como la miel de Raúl que tiene sus colmenas en la finca colindante o la carne, de un productor cerca de Navalmoral de la Mata.
“Es una cocina sin pretensiones, hecha con mucho cariño y para que os guste a todos y lo disfrutéis en el entorno tan maravilloso que tenemos”, arranca Lucía para explicar a los asistentes el menú del que dispondremos hoy. En la parte salada, la cocinera apostó por un arroz aromatizado con semillas de cilantro y comino, acompañado de puerros y habitas asadas; calabaza asada preparada con aceite, romero y queso para resaltar su sabor naturalmente dulce; unos huevos revueltos de sus propias gallinas; acelgas servidas a modo de ensalada y panceta de cerdo marinada con una salsa de hierbas de la huerta.
Para la parte dulce, Lucia ofreció, entre otras cosas, yogur artesano acompañado de granola casera; bizcocho de limón, elaborado con los limones de sus árboles y las cookies ‘del mal’, bautizadas así por la chef porque es imposible parar de comerlas. Damos fe de ello. Por supuesto, mantequilla y mermeladas preparadas por ellos mimos, la miel de su vecino y un pan de masa madre para olvidar todas las dietas.
La cocinera, orgullo de sus padres, estudió en el Basque Culinary Center y, tras trabajar en las cocinas de restaurantes en Suecia, Bolivia y Australia, se cruzó con el mundo de la cerveza artesanal sumándolo a su otra gran pasión: la gastronomía. Con esa idea, fundó hace tres años su propia marca de cerveza llamada Luk. Esta misma primavera de 2026, abre su restaurante en Madrid donde auna estas pasiones con una carta corta pero bien pensada donde primará el buen producto.
María y Javier siguen trabajando en Madrid -ella en una fundación y Javier en el mundo del pádel- y Los Confites solo cobran vida durante los fines de semanas. Al menos, de momento. Porque parece ser que esto cambiará pronto con el siguiente proyecto para Los Confites, una de las grandes ilusiones de la familia para el futuro de la finca que permitirá ofrecer una experiencia aún más completa. Se construirán unos bungalows distribuidos estratégicamente por todo la granja. El arquitecto Álex Fenollar ya está trabajando en la propuesta que permitirá a los clientes quedarse a dormir y desconectar absolutamente de todo.
De momento, los comensales o invitados de la casa, pueden pasear por los caminos que recorren las seis hectáreas de terreno y visitar el gallinero o los burros, Té y Café, sentarse cerca de la Virgen de la huerta o admirar la extensión de paisaje que se estira perezoso hasta la sierra. Y, de paso, descubrir que ni las fotos de las RRSS ni de la web de Los Confites hacen justicia a este lugar. Probablemente, tampoco las palabras ni las fotos de este reportaje. Algunos lugares aún exigen ser visitados para sentir su alma. Los Confites son uno de ellos. Solo aquí mismo se puede captar toda su esencia.
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