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A sus pies, una calzada medieval y un puñado de árboles de otra era, los pinsapos. De fondo, el gris de la piedra caliza combina con el verde de la frondosa vegetación, que bebe de la frecuente lluvia. Y en mitad del paisaje un río, el Guadalete, dueño y señor de estas tierras. El mirador de Los Asomaderos, en Grazalema (Cádiz), es el lugar perfecto para entender la esencia de este pueblo blanco, porque su panorámica, casi a vista de pájaro, resume sus tres grandes pilares: naturaleza, arquitectura y tradición. Es también un buen lugar para dejar el coche y lanzarse a descubrir este rincón gaditano a través de sus callejuelas, caminos y restaurantes.
Este invierno ese mismo mirador asombró al mundo. De sus balconadas nacía una enorme cascada que desembocaba en el Guadalete. A pesar de ser el punto de España donde más llueve, este febrero las precipitaciones fueron tantas —se registraron hasta 600 litros por metro cuadrado en una sola jornada— que el suelo no podía ante tanta agua. Jamás se había visto algo así. Aquel episodio obligó a desalojar la localidad en uno de los momentos de peor recuerdo para los vecinos. Hoy la vuelta a la normalidad es prácticamente total, la vida cotidiana está más que recuperada y el turismo llega como lo hacía antes, en busca de tranquilidad y naturaleza en el territorio de la cabra payoya.
“Todo ha vuelto a la normalidad”, confirma Antonio Ramírez, que respira tranquilo porque sabe que lo peor ya pasó. Él es uno de los responsables de la quesería La Pastora de Grazalema, fundada en 2015 por tres vecinas del pueblo y amigas de la infancia: Teresa Román, Carmen González y Elisabeth Márquez. Una década después de dar el paso y convertirse en emprendedoras, sus quesos han acaparado numerosos premios gracias a su saber hacer y la calidad de la leche de cabra payoya y oveja merina que usan. Más allá del curado tradicional, tienen otras modalidades a base de pimentón o romero, aunque la estrella es el curado en manteca de cerdo ibérico. “A veces tiene hasta un año de curación”, subraya Ramírez, que explica que la empresa tiene un pequeño despacho de ventas a las afueras (Calle de los Ángeles, 29), pero que el resto de tiendas del casco urbano también las vende (además de tener tienda online).
Sabores o La Despensa son negocios que cuentan con este y otros productos locales. Están a un paso de Plaza de España, el corazón del municipio, donde se levanta la iglesia de Nuestra Señora de la Aurora. Desde allí nacen distintas callejuelas protegidas por la ladera de la Sierra del Endrinal, que se recorren con energía tras un buen desayuno en la cafetería Rumores. Es este un pueblo blanco andaluz ejemplar, de fachadas de cal, claveles y geranios en las rejas, suelos empedrados y calma, mucha calma.
Esta primavera está todo recién pintado, de estreno para celebrar la vida. Hay que hacerlo paseando hasta la iglesia de San José, en la parte alta del municipio, donde vivían históricamente los jopones —los residentes de la parte baja eran conocidos como jopiches— y hay que acercarse al mirador de Los Peñascos, con vistas a un mar de tejados por los que corretean los mirlos. También hay que ascender hasta su parte alta, donde se levanta el camping Tajo Rodillo, donde Kampaoh ofrece lujosas tiendas para dos y cuatro personas. Tiene piscina, propone distintas actividades y ejerce de magnífico punto de partida para muchas de las rutas senderistas que recorren los alrededores de Grazalema.
Allí mismo, de hecho, nace el Camino de Los Charcones, que discurre paralelo al río Guadalete. “Es sencillo y muy bonito. Además, ahora tiene varias zonas con mesas y bancos para descansar”, cuenta Rafael Flores, que conoce al milímetro este territorio porque guía a muchas personas a hacer rutas a través de su empresa de turismo activo RF Natura. El recorrido es de apenas dos kilómetros, fácil de realizar, y termina en el Puerto del Boyar, a 1.313 metros de altitud, una excelente atalaya. Allí se disfrutan vistas que alcanzan el Peñón de Gibraltar y el Atlántico, a casi 70 kilómetros en línea recta. “Desde ahí también arrancan rutas montañeras chulas”, subraya Flores, quien recomienda la caminata que llega hasta el nacimiento del río Guadalete o los ascensos hasta dos cumbres: las de El Reloj y el Simancón, protegidos siempre por las alas de los enormes buitres leonados.
Cerca, otra de las indispensables es la que recorre las entrañas del pinsapar desde el Puerto de las Palomas hasta Benamahoma, una de las más conocidas por la rareza de este abeto, reliquia procedente de la época de hielo —el terciario, hace 60 millones de año— y que sólo se puede ver aquí y en la Sierra de las Nieves (Málaga). Requiere, eso sí, cierta planificación, porque requiere autorización previa, que es gratuita.
Y la tranquilidad para la práctica del senderismo se traslada también al ciclismo. “Hay veces que los clientes vuelven diciendo que no han encontrado a nadie más durante su paseo por el campo”, comenta la neerlandesa Agnieta Francke, de 36 años, que regenta Grazalema Cycling Adventures. Ella lleva casi una década viviendo en Grazalema —dos años más en Puerto Serrano— y aún se sorprende de la calma que se respira en su entorno. “Esa sensación de estar solo, de despejarte en plena naturaleza es increíble. Y la gente lo aprecia mucho”, subraya quien alquila bicis —también eléctricas— y recomienda rutas por carretera o campo. Entre ellas, una circular de 32 kilómetros y 500 metros de desnivel que llega hasta Villaluenga del Rosario y pasa por Los llanos del Republicano.
Es una oportunidad, además, para disfrutar del verde que monopoliza el paisaje gracias a las lluvias de invierno, pero también de otra multitud de colores que pone la nota colorida gracias a las plantas que aquí florecen. Entre ellas, distintas variedades de orquídeas —las más tardías lo hacen ya a las puertas del verano— y plantas endémicas, como la amapola de Grazalema (Papaver Rupifragum), que sorprende por su color tirando a salmón y su tamaño, algo más pequeño. Ya volviendo al entorno del pueblo, una zona donde disfrutar de la variedad cromática es el embalse del Fresnillo, cuyos alrededores disponen de caminos y senderos. Su presa cuenta con unas singulares escaleras metálicas, que permiten descender por un sendero corto, pero de gran atractivo, hacia el casco urbano.
Con tanto esfuerzo siempre entra hambre y, por eso, llega la hora de la gastronomía. De vuelta al entorno de la Plaza de España y el mirador de Los Asomaderos, la zona está repleta de bares y mesones donde saborear propuestas tradicionales. Hay carnes —ojo al rabo de toro de La Cocina de Gaidovar— y una amplia selección de ibéricos locales —como los que sirven en Casa Martín 1920— y muchas verduras de temporada, como las tagarninas. También una sopa contundente a partir de pan, espárragos, huevo y un poquito de hierbabuena, que sirven muy rica en el restaurante Cádiz El Chico.
Hay dos establecimientos que destacan: La Maroma y La Merina, los dos únicos con Solete Repsol. Ambos están regentados por José María Barea, que abrió el primero en 2013 con una apuesta por el picoteo. “Lo enfocamos a las tapas, a raciones para compartir. E intentamos que haya mucho producto de la zona”, subraya Barea. Destaca el brioche de carrillada de retinto y sorprenden sus nidos —cazuelas de patatas paja—, como la que lleva huevo de codorniz, queso de cabra payoya y salsa de queso al romero. La estrella de la casa es, eso sí, la Grazalemeña, una tosta de pan de cristal con lagarto ibérico, salmorejo cordobés y pimientos caramelizados.
La Merina nació una década después, en 2023, como un restaurante especializado en carnes a la brasa. “La idea siempre fue tener todo, o lo máximo posible, de Cádiz”, cuenta Barea. Destaca la carne de vaca retinta o el atún de Barbate, pero también la lubina, que llega desde los esteros barbateños. A ello le suma proveedores locales y, por supuesto, queso de cabra payoya y oveja merina. Con esa filosofía, se puede abrir el apetito con una gilda con atún Herpac, tomar un brioche de cordero merino, saborear croquetas de tagarninas y lanzarse luego a por distintos cortes de retinta. Para el postre, torta de Inés Rosales con yogur, crema de tocino de cielo, praliné de piñones y coulis de frutos rojos.
A sus pies se despliega la piscina municipal, que abre desde finales de junio hasta septiembre. Un rinconcito de paz para darse un chapuzón en los meses de calor mientras se disfruta de una estupenda panorámica. Otro mirador para una tierra que no apetece abandonar nunca.
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