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Con La verdad o la imaginación, Fangoria regresa al formato de álbum con doce canciones inéditas en un momento, el actual, en el que las certezas –si es que alguna vez existieron– parecen más difusas que nunca. Alaska y Nacho Canut plantean una disyuntiva en su título y lo convierten en eje conceptual: ¿qué separa lo real de lo ficticio en una época donde todo se amplifica y se sobreactúa? Esa mirada atraviesa el disco, pero también su forma de estar en el mundo. Fangoria lleva décadas recorriendo carreteras, enlazando ciudades y acumulando kilómetros en furgoneta. En ese tránsito constante hay otra narrativa, más silenciosa, hecha de paradas, rutinas y lugares de paso. Nacho Canut, de hecho, ha convertido esa fascinación en materia artística con la exposición Exteriores de naves espaciales abandonadas, una serie fotográfica dedicada a estaciones de servicio que observa como si fueran “naves espaciales” aterrizadas en mitad de la carretera. Espacios cotidianos que, bajo su mirada, adquieren un carácter casi alienígena, aunque ellos mismos aclaran que no se consideran vulcanianos, sino homo sapiens.
Viajar forma parte de la identidad del grupo desde sus inicios. Gasolineras, restaurantes de carretera, desvíos inesperados. Lugares como Los Chopos (Autovía de Alicante, Salida 55, 56), en La Gineta (Albacete), donde el grupo se detuvo camino de un concierto en mayo del 2023 y encontró un restaurante de cocina tradicional adaptado al presente, con productos artesanos y unas rosquillas que, según ellos, son “las mejores que hemos comido nunca”: “Hemos parado a comer por el camino y hemos encontrado un restaurante en La Gineta que ha sido un sorpresón. Los Chopos es un sitio de toda la vida que se ha adaptado a los tiempos, con una carta buenísima y productos artesanos. Para muestra, las mejores rosquillas que hemos comido nunca (nos las llevamos para comerlas esta noche en el concierto de Pinto). Y tenían un rincón decorado con botellas antiguas de La Casera y La Pitusa. Estamos deseando volver por aquí para probar el buffet, que es uno de nuestros vicios”.
En ese trayecto constante, Nacho y Alaska han desarrollado una relación muy particular con las paradas y la comida. Las estaciones de servicio, por ejemplo, no son solo una necesidad. Aunque Nacho Canut matiza enseguida que su relación con ellas es más estética que práctica. Mientras el resto del equipo aprovecha para comprar bebidas azucaradas o estirar las piernas, él se mantiene al margen: observar, más que consumir. En la música, sobre todo en La verdad o la imaginación, como sucede en la carretera, todo depende del punto de vista. Y quizá la única certeza posible sea que nunca ha habido una sola verdad, sino muchas formas de imaginarla.
Nacho Canut: En las estaciones de servicio se para mucho porque la gente tiene que mear, comer azúcar... Yo no como nada, ¿eh?, pero a mí me gustan. Bueno, me encantan como “esculturas modernas”. ¡Ay! Pero ellos tienen que parar a mear y a comprarse bebidas azucaradas. Yo no consumo eso.
Alaska: Nosotros, desde el año 1982, somos los típicos que íbamos con la guía de turno, la que hubiera en ese momento, e íbamos mirando porque, para empezar, a mí me gustaba saber por dónde iba y para ver por dónde íbamos a parar a comer. A ver, también somos muy pragmáticos; paramos donde esté bien y punto.
Si hay un territorio común, ese es el de la patata frita. Pero incluso ahí hay debate entre Alaska y Nacho. ¿A qué llama ella “patata frita”? ¿A la “plana” o a la “francesa”? Pero en este caso la experiencia es más emocional que técnica. La conversación deriva hacia un ranking improbable.
Alaska: Sí, tengo un ranking de patatas fritas, pero es que... claro, las mejores realmente no están en ningún sitio prácticamente.
Nacho Canut: ¿A qué llamas una patata frita? ¿A la planita o a la french fry?
Alaska: No, la planita no es patata frita.
Nacho Canut: ¿Cómo qué no?
Alaska: A ver, las del Home Burger Bar -Calle de Silva, 25. Madrid- están de muerte. Básicamente es lo que como allí, la patata frita. ¿Y dónde más están increíbles? También son muy buenas las del Five Guys.
Nacho Canut: A una persona que cree que esa es la mejor patata frita, no le preguntes.
Alaska: La patata frita perfecta la aprendió a hacer Mario Vaquerizo en MasterChef. Están buenísimas las del Home Burger, ya te lo digo. Pero las mejores las hace Mario.
En el centro de Madrid hay un lugar que forma parte del mapa personal de Alaska: el restaurante cubano Zara -Calle de Barbieri, 8-, donde hay un plato con su nombre: El favorito de Alaska, “para los que lo quieren todo (mitad ropa vieja y mitad picadillo criollo con arroz blanco)”, tal y como reza en la carta del local, fundado en 1964 por Inés Llanos y José Martínez. Detrás hay una historia familiar que refuerza el vínculo cubano de Alaska: su madre América y la propia Inés.
Alaska: El plato “El favorito de Alaska”, del restaurante cubano Zara, surgió de tanto pedirlo. Yo no me puedo decidir. ¿Qué prefiero: picadillo o ropa vieja? Entonces yo decía: “¿Me pones un poquito de picadillo y un poquito de ropa vieja?”. Y cuando imprimieron las cartas nuevas, en algún momento lo hicieron. Mi madre fue al colegio con Inés Llanos, la madre de la Inés de ahora, o sea que los conocemos de toda la vida, son familia.
La conversación se tuerce, toma otros derroteros, como suele ocurrir en cualquier conversación con Fangoria, hacia el contraste cultural. Nacho Canut, que pasa largas temporadas en Francia, discrepa con Alaska, que responde con humor, teatralizando el choque gastronómico mientras aparecen referencias domésticas de manera inesperada. Mario Vaquerizo observa la conversación que se está dando, precisamente, minutos antes de comer.
Nacho Canut: Yo estoy liado con un hombre francés y vivo en Francia, así que a mí esta gastronomía me parece una broma. ¡Lo digo en serio! Yo vivo en Francia y es que lo que coméis aquí yo lo considero rancho. No entiendo estas conversaciones que tenéis de hamburguesas o patatas fritas. No, no, no... Yo como en Francia. Las patatas que hay en Francia, las que te ponen, esas sí que...
Alaska: Oh, monsieur! Mais oui! Pardonnez-moi!
Nacho Canut: ¿Qué te hace el cocinero a ti?
Mario Vaquerizo: ¡El arroz francés que le he comprado! ¡Vamos a comer!
Finalizada la conversación, Nacho, Alaska y Mario abren sus respectivas bolsas de papel en busca de viandas exóticas. Dentro no están las patatas fritas de las que Alaska ha hablado, tampoco hay hamburguesas (Nacho dice que la hamburguesa vegetariana más buena que comió nunca la encontró en un pub de Londres), recetas mexicanas (el plato favorito mexicano de Nacho ahora mismo –dice– es la quesadilla de hongos al ajillo) y mucho menos ropa vieja y picadillo criollo, sino arroces (el de Mario sin chili). Todo son conceptos más o menos discutibles sobre la gastronomía, cuando la realidad se impone con la naturalidad de lo cotidiano, pero hay un momento para pensar y otro para comer. Y en ese gesto, casi involuntario de Mario, se condensa también el espíritu de Fangoria en la carretera: menos certezas, más trayecto; menos teoría, más vida. ¡A comer!
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