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No solamente el espíritu de la princesa de Éboli y Santa Teresa trasladan a quien visita Pastrana al pasado de aquel imperio de Felipe II donde nunca se ponía el sol. Además de la poderosa huella de los Mendoza, incluida en su colegiata -que junto al palacio de los príncipes de Éboli son los grandes tesoros de este pueblo-, las calles de la villa ducal son un aprender historia y leyenda, disfrutando de esta comarca que es La Alcarria.
Las calles de la villa ducal conservan el sabor del siglo XV.
Extramuros está el Palacio Viejo o Palacio de Afuera, levantado por los caballeros calatravos, los primeros en poner este lugar en el mapa. Desde la puerta de este palacio, por la calle principal, se sube hasta el Albaicín. Sí, un albaicín que nada tiene que ver con Granada. Fue el interesante marido de la princesa de Éboli, Ruy Gómez de Silva, quien trajo a Pastrana a 200 familias de moriscos, sacándolos de las Alpujarras. “Los árabes nos trajeron sus sistemas de regadío y plantaron granados; sus huertas eran un ejemplo”, cuenta Francisco Martínez, que ama todos los rincones de su villa.
La Colegiata acoge la serie de tapices del s.XV más importante del mundo.
Por entonces, la calle la Palma era la vía principal de la Pastrana medieval, y por allí pasea ahora Paloma Gumiel, guía local, cuando deja de enseñar el palacio. Alrededor de la Fuente de los Cuatro Chorros se desarrolló la Pastrana anterior a los príncipes de Éboli, donde queda rastro también de la sinagoga y del barrio judío. Fuera de los muros de la Plaza de la Hora, además del palacio de los calatravos o la fuente de los chorros, destacan: la casa de Leandro Fernández de Moratín, la Plaza del Moco, la Plaza del Deán, el Convento de San Francisco (los franciscanos llegaron antes que Santa Teresa) y la Iglesia Colegiata, cuyo museo parroquial guarda la famosa colección de tapices tejidos en la ciudad belga de Tournai en el último cuarto del siglo XV. Todo ello conforma un paseo recreativo del Siglo de Oro Español.
Recreaciones de las historias de la villa y sus personajes se pueden disfrutar con una obra teatral. Luego están las fiestas de los Mayos y la Semana Santa. Y. mientras disfrutáis de la agenda cultural local, también podéis aprovechar para catar los bollos de la pastelería Éboli, donde Jesús ofrece sus estupendas rosquillas y los típicos “dobladillos”, bizcochos borrachos y bizcocho de nata y piñones. Son clásicos del pueblo y es posible que a Camilo José Cela, autor de “Viaje a la Alcarria”, le gustaran todos. El Nobel, un pancista de morro fino, se ponía hasta arriba allá por donde pasaba. Aquí debió de comer de miedo.
Es fácil comer bien en este pueblo. Por ejemplo, en el restaurante César, donde van los locales, los pimientos asados con ventresca, las migas o las mollejas de cordero con espárragos satisfacen el estómago después del paseo. Otros lugares, como el Cenador de las Monjas, en el convento de San José, y el bar La Comarca son un valor seguro. El cordero asado, las migas y las gachas son los clásicos en cualquier mesa. Eso sí, conviene recordar que en Pastrana algunos sitios abren de jueves a domingo.
En los soportales de la Plaza de la Hora es relativamente reciente la presencia del Café Dante, que ocupa el lugar de la antigua mercería de los Pietro, como recuerdan sus propietarios, Michel y Bryan, que han aterrizado en Pastrana de la mano de uno de los proyectos de la España despoblada: el de la Fundación Coprodeli. Y aquí también hay gente que se dedica a dar embrujo a lo rural, como Inés, quien desde que abrió el spa del Molino, mueve la zona y trae otros respiros.
Para dormir, al igual que para comer, tienes lugares muy aceptables. Nosotros elegimos el Hotel Palaterna, en la Plaza de los Cuatro Chorros. Es un negocio familiar en una casona del siglo XVIII, que tiene habitaciones con vistas a la plaza. Remozado hace poco tiempo, es un lugar agradable y con buenas conexiones. Eso sí, si buscas un alojamiento de cinco estrellas, no marees por el pueblo. Hay sitios para dormir bien y despertar con el ruido del agua, los pájaros y los olores de hace siglos, pero no para los amantes del “gran lujo”.
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