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Iñaki Perurena no cabe en una categoría: deportista y actor, ganadero y poeta, pintor rupestre y divulgador de folclore… Peru Harri, el proyecto en el que lleva ocupado el último cuarto de siglo, tampoco se deja definir. “Me he pasado 41 años levantando piedras en competiciones y demostraciones, y mi hijo sigue levantándolas. La piedra es parte de nuestra casa, así que un día me propuse hacer algo que reflejara esta etapa de nuestras vidas”. Hasta a él le cuesta explicar su criatura. Es como un lienzo en el que vuelca su impulso creativo, su manera apasionada de entender la vida, su amor a la tierra y en el que, a punto de cumplir 70 años, sigue quemando su hiperactividad.
Esta mañana ha estado retocando unas pinturas de dragones que utiliza para explicar a los niños la leyenda de la construcción del Santuario de San Miguel de Aralar. Luego tiene que ir a arreglar una bomba que se ha estropeado en el caserío porque, además de museo del deporte rural vasco, también es una explotación ganadera de la que se nutre Perurena 1974, la carnicería familiar que tienen en Leiza. Y entre medias, encuentra un rato para mostrarme su lienzo, tal como hace casi todos los fines de semana a las 11:30 h. con cualquiera que llame con antelación para reservarse un hueco (659 701 045).
El deporte rural vasco (herri kirolak) probablemente sea tan antiguo como el trabajo en los caseríos. Todo debió empezar por pura rivalidad entre vecinos: quién cortaba el tronco más grueso, quién levantaba la piedra más pesada, quién segaba más rápido… En algún momento aparecerían las apuestas, se empezarían a organizar competiciones y así acabaron formándose los reglamentos, hace aproximadamente un siglo. Iñaki muestra con orgullo una piedra que se utilizó hace cien años en la primera gran prueba de levantamiento de peso en la plaza de toros de Eibar, que se identifica por las vetas que aparecen en una fotografía de prensa.
Esta piedra es una de las piezas que se muestran en el museo que Perurena, un histórico harrijasotzaile (levantador de piedra), ha montado en el antiguo caserío de tres plantas que hay frente a su parque de esculturas gigantes. En la planta baja podemos descubrir algunos de los hitos de su longeva carrera, como cuando en 1994 levantó una piedra de 320 kg, o en 2003 levantó 1.700 veces una piedra de 100 kg. Para él es muy importante dejar claro que no todo es cuestión de fuerza bruta, y recurre a Arquímedes para explicar que estudiar los ángulos de palanca ha sido la clave de su éxito. De hecho, tiene una piedra de 4.500 kg que balancea para explicar la física del asunto, y hay otras de distintos pesos y formas para quien quiera probarse.
Entre fotos, recuerdos, piedras y recortes de periódico, por las paredes también cuelga una poesía de Perurena, "A mi piedra", y reflexiones curiosas relacionadas con la fuerza, como esta que afirma que “hasta que ser fuerte sea la única opción que tengas, no sabrás lo fuerte que eres”. Luego, entre la primera y segunda planta nos encontramos un museo ecléctico como el propio Perurena, donde hay partes etnográficas con aperos de labranza y de ganadería, otras dedicadas al levantamiento de peso y una introducción a sus pinturas murales. Ofrece también una buena oportunidad para ver las entrañas de uno de esos majestuosos caseríos navarros.
En la pradera que hay frente al caserío se extiende un parque de esculturas que parece que hubiera tallado un gigante. Más bien fueron dos. “Esta aventura la empezamos mi hijo y yo en el año 2000, sin medios, ni herramientas, ni conocimientos”, cuenta Perurena en referencia a la primera pieza de Peru Harri, la más grande, una escultura de un harrijasotzaile de 8 metros de altura y 40 toneladas, que tardaron tres años en terminar y que corona la pradera. Luego llegaron otras no tan grandes pero algo más depuradas, como la réplica sobredimensionada de la mano de Perurena o la txapela que hicieron en honor a su padre.
En la mitología precristiana vasca existen unos personajes llamados jentilak, seres con una fuerza sobrehumana, que lanzaban grandes peñascos a mucha distancia. A ellos se les atribuía la abundancia de dólmenes y crómlech que se da en la sierra de Aralar, en cuyas estribaciones se encuentra Peru Harri. La mitología es otro de los pilares de este proyecto personalísimo, y alrededor de este parque de esculturas encontramos pinturas sobre monolitos que Iñaki ha ido haciendo a lo largo de los años, por amor al arte, pero también para explicar a la gente que lo visita algunos de los mitos fundacionales de esta tierra, como el de la diosa Mari, su consorte Sugaar o sus hijos Mikelatz y Atarrabi.
Cuando te crees que ya lo has visto todo y te puedes ir a casa, puede que todavía quede lo mejor. Estamos casi en la frontera con Guipúzcoa, en una Navarra atlántica, verde y montañosa, rodeados por un hayedo que ahora luce un verde radiante. Por encima del caserío, comienza un pequeño sendero, de aproximadamente 1 km, que primero toma altura para ofrecer una fantástica panorámica del parque de esculturas, y que luego explora las intimidades del hayedo. Pero no es un hayedo cualquiera. Flanqueando el sendero, ya hay casi 180 pinturas rupestres que cuentan la historia de esta tierra a través de su fauna y su flora, sus oficios tradicionales, sus fiestas y otro buen montón de personajes mitológicos.
El castigo de Perurena, como si fuera el de Sísifo, es tener que ir restaurando unos dibujos que sufren el desgaste de la lluvia y el sol. A él le quedan energías para eso y para seguir ampliando la colección, pero empieza a preocuparse por qué pasará con todo esto cuando no pueda mantenerlo. “Cuando empecé esto era bastante joven y bastante fuerte, pero ahora ya casi no me queda ni pelo. A lo mejor, alguna nieta intentará que se deshaga lo más lento posible”, se despide campechano, haciendo aflorar su filosofía sana y contagiosa.
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